domingo, 24 de junio de 2018

El Califato Omeya.

El Califato Omeya, es el segundo de los califatos islámicos establecidos tras la muerte de Muhammad. La familia omeya había llegado al poder bajo la figura del califa Uthman, que es, sin embargo, considerado parte de los Rashidún. Siendo así, la dinastía omeya fue fundada de facto por Muawiyah, al final de la primera Fitna. Siria, donde era gobernador Muawiyah durante el califato de Uthman, fue el centro de poder del Califato Omeya, siendo Damasco su capital. Durante este Califato, se incorporaron al Imperio Islámico el Cáucaso, Transoxiana, Sind, el Magreb y la Península Ibérica, bajo el título de Al-Andalus.
Es interesante destacar el hecho de que los tributos omeyas eran considerados con frecuencia percibidos como opresivos, absolutistas e injustos, así como las prácticas administrativas.

Los omeyas eran un clan de la tribu de los Quraysh de Meca. El antepasado que da nombre a la tribu es Umayya bin Abd Shams, bisabuelo de Muhammad, que da nombre a los hashimíes.

El punto de inflexión que da origen al Califato Omeya es la batalla de Siffin, en el 657. Tras la derrota de Ali, este se retira a su plaza fuerte de Kufa, en Irak, mientras que Muawiyah se proclama califa, trasladando la capital del Estado Islámico de Medina a la urbe siria.
Desde el principio el Califato Omeya tuvo gran cantidad de enemigos, que van desde los Shiat Ali, firmemente establecidos en Kufa, hasta los jariyíes, con centro de operaciones en Basora, empeñada en combatir a los por ellos llamados califas ilegítimos. Muawiyah logra apaciguar la situacion por medio de un acuerdo de paz con Hasan bin Ali, evitando otra guerra civil.
Tras su muerte, es elegido califa su hijo Yazid, que masacra a los partidarios del hijo de Ali, Hussein, cuya tumba es hoy centro de peregrinaje para los shias, en la batalla de Kerbala.
La muerte de Hussein contribuye a la carga de impiedad atribuida a los omeyas, con lo que los Shiat Ali, junto a los jariyíes, continúan su labor de oposición, contribuyendo a largo plazo a la caída de los omeyas.
Los califas omeyas se comportaron mas como líderes políticos que religiosos. La conversión al Islam no fue estimulada, con el fin de evitar una mengua en los ingresos del Estado, llegando incluso a prohibírse en algunos periodos.
Pese a la complejidad de su territorio y el conflicto con shias y jariyíes, el Imperio no contó con grandes problemas entre naciones o entre comunidades religiosas.

Hacia el 740, el Califato Omeya se hallaba debilitado debido tanto a las luchas intestinas en el seno de la familia Omeya como a la presión constante de jariyíes y shias. Estos últimos iniciaron una revuelta en Irán que pretendía restablecer en el poder a los hashimíes, clan al que habian pertenecido Muhammad y Ali.
Sin que nadie sepa muy bien cómo o por qué, a la cabeza de la revuelta estaba Abu I-Abbas, jefe de los abasíes, una rama secundaria de los hashimíes. Su ejército de estandartes negros (los de los omeyas eran blancos), entró en Kufa y se declaró califa.
Su principal prioridad, era eliminar a su rival, el califa Marwan II, que fue derrotado en el 750 en la batalla del Gran Zab, al Norte de Bagdad, terminando el Califato Omeya, y empezando el Califato Abasí, del que hablaremos en detalle mas adelante.

Marwuan II huyó a Egipto, y Abu I-Abbas se convirtió oficialmente en califa, asesinando a todos los omeyas, y llegando incluso a sacarlos de sus tumbas para borrarlos de la historia. Sólo uno logró escapar, y pronto reaparecería al otro lado del Imperio, en Al-Andalus.

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