sábado, 19 de enero de 2019

Biografía de los patriarcas hebreos: José.

José (o Iosef) en hebreo, fue el décimo-primer hijo de Jacob. La madre de José fue Raquel. Jacob lo amaba mas que a sus otros doce hijos, y ello produjo la envidia la envidia de sus hermanos. José tenía a su vez sueños en que aparecía alzado por encima de estos, y prediciendo lo que iba a suceder en el futuro. Por ser el favorito y quien Jacob quería que fuese el sucesor, el tercer patriarca hebreo le elaboró una túnica de colores que lo distinguía, hecho que enfureció aún mas a sus hermanos. Siendo así, estos buscaron ocasión de vengarse. Un día, estos llevaron a sus animales a pastar en un lugar lejano a sus tiendas. Al ver pasar el tiempo sin que ellos regresaran, Jacob envió a José a buscarlos. Sus hermanos, al verlo llegar, planearon matar. Rubén, el mayor, consiguió sin embargo convencerlos de que no era buena idea. Pero cuando José llegó, lo arrojaron a un pozo de agua vacío y lo tuvieron atrapado hasta decidir que hacer con él. Al día siguiente pasó una caravana de mercaderes que se dirigía a Egipto, y lo vendieron como esclavo. De regreso con Jacob, le dijeron que sólo habían encontrado la túnica de José, embadurnada en sangre de cordero, para hacerle creer que este había sido atacado por un lobo. Jacob lloró la supuesta muerte de José desconsoladamente. Así es como José partió de Canaán  para luego llegar a Egipto.

Allí fue vendido y llevado a casa de Potifar. Este, viendo que José sabía leer y manejaba bien los números, le confirió la administración de su casa y lo convirtió en su mano derecha.

José se convirtió en un joven fornido, y la esposa de Potifar, que solía quedarse en casa, se fijó en él e intentó seducirlo.

Un buen día, llamó a José a su habitación y trató de tener relaciones con él, a lo que este se negó, recordando las enseñanzas que su padre siempre le enseñó, además de ser consciente de que sería una falta ante Dios, y salió de la habitación dejando en las manos de la señora su manto.

Al no lograr su objetivo, y sabiendo que José podría denunciar su adulterio, la esposa de Potifar lo acusó de intentar aprovecharse de ella, mostrando su manto como prueba. Potifar dudó de esto, pues conocía a José y sabía que era incapaz de ello, mas su esposa insistía en que lo matase, con lo que decidió, en cambio, encarcelarlo.

En la cárcel, José tomó contacto con el copero y el panadero del faraón egipcio, quienes fueron a parar allí acusados de robar una copa de oro perteneciente al monarca egipcio. Ambos habían sueños extraños, y José les pidió que se los contasen pues él podía descifrar que significaban. El copero soñó que tenía ante sí una vid con tres sarmientos, que estaban echando brotes, subían y florecían, y maduraban sus racimos. Tenía en sus manos la copa de Faraón, y tomando los racimos, los exprimió en la copa y la puso en sus manos.

José le dijo que los tres sarmientos representaban tres días, y que al cabo de ese tiempo sería declarado inocente y liberado.

Viendo el panadero que José había dado una respuesta favorable al copero, le pidió que también interpretara su sueño y le dijo: "En mi sueño voy caminando con tres canastillas llenas de pan blanco. En el canastillo de encima había toda clase de pastas de las que hacen para el Faraón los reposteros, y las aves se las comían del canastillo que llevaba sobre mi cabeza".

Para su mala suerte, José no le dio la respuesta que esperaba. Le dijo que las tres canastillas simbolizaban tres días, al cabo de los cuales el faraón lo decapitaría, lo colgaría de un árbol, y los pájaros picotearían su cuerpo.

Pasaron los tres días, y el día del cumpleaños de Faraón, dio este un banquete a todos sus servidores, y acordándose de ambos personajes, hizo cumplir las predicciones de José.

Al cabo de dos años, el faraón soñó que se encontraba en la orilla del río Nilo, y del agua salían siete vacas gordas y hermosas que se pusieron a pacer en la orilla. Pero entonces, salieron del agua otras siete vacas, feas y flacas, y devoraron a las primeras. Faraón despertó, y al volver a dormirse, soñó que de una caña de trigo brotaban siete espigas hermosas y llenas de grano, pero tras ellas brotaban otras siete espigas, feas y quemadas por el viento del desierto, que devoraban a las primeras.

Al día siguiente el Faraón, nervioso y atormentado por sus sueños, preguntaba a cuanto adivino y sabio hubiera en Egipto, sin que ninguno supiera como interpretarlos.

El copero se acordó entonces de José, y le contó a Faraón lo acontecido en la cárcel. Así, pues, el faraón mandó a llamar a José a su presencia.  Cuando lo sacaron de la cárcel, le cortaron el pelo y le dieron ropas nuevas antes de presentarse ante Faraón. Este le dijo: "He tenido un sueño y no hay quien me lo interprete, y he oído hablar de ti, que en cuanto oyes un sueño lo interpretas". José respondió a su vez: "No yo; Dios será el que dé una respuesta favorable al Faraón".

Dijo entonces el faraón a José: "Éste es mi sueño: estaba yo en la ribera del río, y vi subir del río siete vacas gordas y hermosas, que se pusieron a pacer en la verdura de la orilla, y he aquí que detrás de ellas suben otras siete vacas, malas, feas y flacas, como no las he visto de malas en toda la tierra de Egipto, y las vacas malas y feas se comieron a las primeras siete vacas gordas, que entraron en su vientre sin que se conociera que había entrado, pues el aspecto de aquéllas siguió siendo tan malo como al principio. Y me desperté. Vi también en sueños que salían de una misma caña siete espigas granadas y hermosas, y que salían después de ellas siete espigas malas, secas y quemadas del viento solano, y las siete espigas secas devoraron a las siete hermosas. Se lo he contado a los adivinos, y no ha habido quien me lo explique".

José dijo entonces al faraón: "El sueño del Faraón es uno solo. Dios ha dado a conocer al Faraón lo que va a hacer. Las siete vacas hermosas son siete años, y las siete espigas hermosas son siete años de riqueza y abundancia. Las siete vacas flacas y malas que subían detrás de las otras son otros siete años, y las siete espigas secas y quemadas del viento solano son siete años de hambre. Es lo que he dicho al Faraón, que Dios le ha mostrado lo que hará. Vendrán siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto, y detrás de ellos vendrán siete años de escasez, que harán que se olvide toda la abundancia en la tierra de Egipto, y el hambre consumirá la tierra. No se conocerá la abundancia en la tierra a causa de la escasez, porque ésta será muy grande. Cuanto a la repetición del sueño a Faraón por dos veces, es que el suceso está firmemente decretado por Dios y que Dios se apresurará a hacerlo. Ahora, pues, busque el Faraón un hombre inteligente y sabio, y póngalo al frente de la tierra de Egipto. Nombre el Faraón intendentes, que visiten la tierra y recojan el quinto de la cosecha de la tierra de Egipto en los años de abundancia; reúnan el producto de los años buenos que van a venir, y hagan acopio de trigo a disposición del Faraón, para mantenimiento de las ciudades, y consérvenlo para que sirva a la tierra de reserva para los siete años de hambre que vendrán sobre Egipto, y no perezca de hambre la tierra".

Todos parecieron conformes con la palabra de José, y el propio faraón, impresionado por ello, dijo:  "Tú serás quien gobierne mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá; sólo por el trono seré mayor que tú". Dicho esto, el faraón se quitó su anillo y se lo dio a José, mandó que lo vistieran con ropas blancas de lino, puso en su cuello un collar de oro, y ordenó que, cuando José montara sobre el segundo de los carros de Faraón, se gritase ante él la expresión de reverencia Abrek y que se lo llamase Zafnat Paneaj que significa, "Dios habló y él vino a la vida". Finalmente, Faraón le dio por esposa a Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On.

Pasó el tiempo, y antes de que llegasen los años de escasez, José tuvo dos hijos de nombre Manasés, pues dijo "Dios me ha hecho olvidar todas mis penas y toda la casa de mi padre", y Efraín, pues decía "Dios me ha dado fruto en la tierra de mi aflicción". Sin embargo, jamás olvidó a su padre y a sus hermanos, y nunca perdió la esperanza de volver a verlos.

Al acabar los siete años de abundancia en Egipto, llegó el hambre y el pueblo clamaba al faraón, que les decía que fuesen a José e hicieran lo que él les dijera. Mucha gente fue, entonces, a comprarle trigo a José, no sólo de Egipto, sino de otras tierras.

El hambre también golpeó a las tierras de Canaán, y en especial a Beerseba, donde vivía Jacob con su gente. Enterados de que en Egipto había trigo, envió a sus diez hijos mayores a Egipto, dejando a Benjamín, el menor de todos, a su lado.

Los diez hermanos llegaron hasta la corte de Faraón a pedir ayuda, y se presentaron ante José, al que no reconocieron por haber cambiado mucho en eso años y vestir como egipcio.

Pero José si los reconoció a ellos, pero disimuló, y les preguntó a través de un interprete de dónde venían. Sus hermanos respondieron que venían de Canaán para comprar alimentos, pero él los acusó de ser ladrones y espías. Estos, consternados,  le contestaron que todos eran hermanos, hijos de Jacob. José les replicó: “¿Cómo puede ser un hombre tan rico en hijos?”, explicando sus hermanos que ellos eran en realidad eran once hermanos, pero que el menor se había quedado con su padre.

José mandó, entonces, a encerrar a sus hermanos en la cárcel durante tres días, y durante ese período, ellos reflexionaron sobre el mal realizado a José. Este, que los escuchaba, tuvo que retirarse debido a la emoción que le causaban sus palabras. Al cabo de tres días , José los liberó y declaró que llevarían trigo a Canaán, pero, para demostrar la veracidad de sus palabras, deberían volver y traer consigo al hijo menor, Benjamín. Mientras tanto, tomó a Simeón como rehén y lo encerró. Además, metió en las alforjas de sus hermanos el dinero que ellos habían pagado por el trigo.

Cuando regresaron a Canaán, los hermanos quedaron consternados al ver en sus alforjas el dinero que habían pagado, y temieron que los egipcios pudieran utilizar esa situación para convertirlos en esclavos y despojarlos de sus bienes. Le contaron todo lo sucedido a su padre, y este se entristeció por Simeón, pero les contestó que no iban a volver a Egipto con Benjamín porque ya había perdido a José, y no soportaría perder otro hijo. Pero la sequía y escasez seguían, y tras mucho insistir, Rubén y Judá consiguieron que Jacob transigiera, y volvieron a Egipto con Benjamín.

Al volver a Egipto, fueron recibidos por el mayordomo de José, quien les dijo que no debían preocuparse por el dinero y los reunión con Simeón. Todos fueron invitados a la casa de José, a quien le dieron regalos de parte de su padre. José se alegró especialmente de ver a Benjamín después de tanto tiempo, hasta el punto de retirarse a sus habitaciones a llorar de emoción. Tras recuperarse, José invitó a sus hermanos a un banquete, en el que los acomodó por orden de edad. Al ver esto, se sorprendieron mucho, pero el mayordomo de José les explicó que podía adivinarlo gracias a la copa de plata, que era mágica. Todos comieron y bebieron felizmente, en especial Benjamín, que recibió mas y mejor comida que sus hermanos.

Cuando los esclavos estaban llenando de trigo las alforjas de sus hermanos, José decidió ponerlos a prueba, e introdujo su copa de plata en las alforjas de Benjamín. Cuando los hermanos ya se marchaban de la ciudad, fueron alcanzados por los soldados, quienes los acusaron de robar la copa. Estos negaron el hecho, pero los soldados revisaron las alforjas, encontrando en la de Benjamín lo que buscaban. Habiendo pasado esto, los soldados anunciaron a los demás que podían irse, pero que el ladrón debía quedarse. Ninguno de los hermanos quiso aceptar esto, y volvieron a José, quien les recriminó que defendiesen a un ladrón y los instó a volver a su tierra. Sin embargo, ellos replicaron que preferían morir antes que ver sufrir a su padre por la pérdida de otro hijo.

Entonces, José mandó a soldados y esclavos a irse, y rompió a llorar a gritos, con tanta fuerza, que sus llantos se oyeron hasta en el palacio de Faraón. Al ver que habían cambiado, y que estaban dispuestos a dar la vida por su hermano menor, José por fin se dio a conocer a sus hermanos. Estos enmudecieron de asombro y de miedo al pensar que, probablemente, querría vengarse de llos, pero este los calmó diciéndoles:  “No os preocupéis, que todo fue obra de Dios, era necesario que yo viniese a Egipto para que nuestro pueblo, Israel, sobreviviera en este tiempo de escasez y hambruna”.

Al enterarse el faraón de lo sucedido, mandó decir a José que invitase a Egipto a Jacob y a su pueblo, pues deseaba regalarles tierras de cultivo en agradecimiento por cuanto José había hecho por los egipcios. Los hermanos de José volvieron a Canaán, cargados de regalos de Egipto, y le contaron todo a Jacob, quien, lleno de alegría, partió con toda su familia rumbo a Egipto. Al encontrarse padre e hijo, Jacob exclamó: “¡Agradezco infinitamente a Dios porque me ha dado por segunda vez a mi hijo querido, Él obra de manera misteriosa!”.

José le pidió que se quedase a vivir sus últimos años con él, y también que se quedase todo su pueblo. Jacob aceptó, con la condición de que sus restos mortales fueran llevados nuevamente a Canaán cuando el pueblo regresara a la Tierra Prometida.

Jacob y su familia vivieron, entonces, en la tierra de Gosén, un lugar destinado al pastoreo del ganado del Bajo Egipto, cerca de la ciudad de Pi-Ramés o Ramesés, también llamada Avaris. José fallció a los 110 años de edad.

No hay evidencia arqueológica o documental de la existencia de José, a excepción de los textos bíblicos y relatos posteriores. A mediados del siglo XX, era común entre los académicos pensar que tras las historias de los patriarcas había un trasfondo histórico. A partir de la obra de Thomas L. Thompson y John Van Seters, se puede considerar que no existe evidencia sobre la historicidad de José, así como de los demás patriarcas, y que se trata de derivados de leyendas y relatos populares pertenecientes al primer milenio antes de la Era Cristiana. A principios del siglo XXI, hay consenso entre los arqueólogos y eruditos bíblicos de que no es posible encontrar un contexto histórico para las historias de los patriarcas, incluido José.

En consecuencia, se tiende a considerar a José  como el protagonista de una historia ficticia de género sapiencial.

José  tiene un notable parecido con otro personaje bíblico que también revisaremos en este libro: Daniel. Asimismo, por los aspectos dramáticos de su vida, tiene cierto parecido con el rey David.

Pasó el tiempo, y los hijos de Israel se volvieron muy numerosos. Tras un hueco tradicionalmente de 300 años, surgió en Egipto un nuevo rey, quien dijo a su pueblo: “He Aquí, el pueblo de los hijos de Israel es Más numeroso y fuerte que nosotros. Procedamos astutamente con él para que no se multiplique; no suceda que, en caso de guerra, también se una a nuestros enemigos, luche contra nosotros y se vaya del País.”

Pero cuanto más los oprimían, mas se multiplicaban los hebreos, alarmando al faraón, quien terminó por esclavizarlos. Es aquí donde entra en escena Moisés.

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