martes, 6 de noviembre de 2018

Confesiones de una influencer adolescente.

I



Me llamo Amalia Gómez Irribarre, aunque dudo a estas alturas tener que presentarme. Para cuando alguien lea esto, ya voy a ser conocida como la chica que se suicidó por ciberacoso. No me malentiendan: no me enorgullezco de eso. Siempre detesté a la gente que hace un circo de sus desgracias. Y mientras escribo estas páginas, debo decir que siento algo de temor de ser recordada con el mismo decoro que la gorda que se corta para publicarlo en Tumblr. Como sea, tal vez se esté preguntando el lector: ¿Y cual es entonces el propósito de esta nota?

La respuesta simple es que soy excéntrica. Nunca me agradó la idea de morir como un perro, sin pena ni gloria. Y ya que estoy en la puta ruina, no se me ocurre una mejor forma de irme con estilo.

Recuerdo ahora un ejemplo que quizá valga la pena rememorar. Una vez, en clase de Filosofía, el profesor-el tipo de hombre con una pasión que llega al punto de ser capaz de sacar del mas aburrido tema una anécdota, una broma o cuanto menos una comparación atractiva, que hacía que cada uno de nosotros posáramos toda nuestra atención en él-nos comentó la ridícula muerte de Albert Camus, quien dejaría este mundo en un accidente de automóvil. Y si bien no tiene nada de malo morir en un accidente de automóvil, el detalle está en que un día antes había dicho que no conocía muerte mas patética que esa. Ironías de la vida. Ironías como la que comienza esta historia.

Mi madre me tuvo de la forma mas inesperada posible. Era-y es-una católica devota, pero presentaba un cuadro grave de depresión. En una ocasión, después de una pelea familiar especialmente violenta, subió a su cuarto, agarró lo que creían era unos cuantos antidepresivos que había guardado para cuando llegara la ocasión, y se los tomó todos. Lamentablemente-o para su suerte-por gracia divina o providencia del destino, no logró nada mas que un desmayo, y un dolor de cabeza la mañana siguiente. Esa tarde, tras visitar a su novio-mi padre-no tuvieron mejor idea que hacerlo en casa de su familia. Los químicos sufrieron un efecto retrasado, los anticonceptivos fallaron y...fui concebida.

Es así como con tan sólo 18 años, una vida por delante y una reciente relación amorosa, María Gómez Irribarre quedaba embarazada de una niña que, debo confesar (aunque quizá ya no sea necesario) iba a causarle mas de un dolor de cabeza.



II



Nací un 21 de Enero de 2001, en un barrio acomodado de Buenos Aires.  Mi padre, como buen adolescente desorientado y asustado, me abandonó poco después de mi concepción. Nunca se supo más de él. En cuanto a mi madre, no está de mas narrar como, en su católica hipocresía, mis abuelos le recomendaron abortarme. Como es obvio, ella, algo mas religiosa que sus padres  por razones que hasta la fecha no entiendo, rechazó la oferta.

El caso es que, curiosamente, mi primera infancia estuvo lejos de ser triste. Mis abuelos me mimaron mucho, hasta el punto de desarrollar un gran afecto por ellos.

Me costó mucho cuando mi abuelo murió. Y no solamente por el duelo. Él era el sostén económico de la familia, ya  que mi abuela, aunque ingeniera, jamás había trabajado realmente, y sin aportes sociales, tanto mi madre como ella tuvieron que buscar empleo.

Es así como, con seis años y la segunda mayor pérdida de mi vida hasta ahora, me vi obligada a acompañar a mi madre mientras hacía de niñera después de la escuela.

Para nuestra fortuna, mi madre no renunció nunca a sus estudios universitarios, lo que nos permitiría mas adelante recuperar parte de nuestro nivel de vida.

Ya con diez años, estuve cerca de quedarme de curso. Nunca fui buena estudiante y, para colmo, tenía problemas de conducta. Recuerdo aún las discusiones con mi madre por esa causa. Una vez, incluso escribí una blasfemia con aerosol en la puerta del colegio (olvidé mencionar que dejé de creer en Dios después de la muerte de mi abuelo).

Sin embargo, creo que lo peor de mi infancia fueron mis compañeros. Agresivos, infantiles (valga la aclaración) y muchas veces crueles con los menos populares. Y yo era una de ellos.

Modestia aparte, siempre estuve unos cuantos pasos por delante del resto. De niña, me gustaba mucho leer. Mi primera novela la leí con ocho años, y empecé a escribir mis propias historias con nueve. Lo que mas me gustaba era la ciencia-ficción. Hasta me excitó la posibilidad de vida alienígena en algún momento.

En aquella época me hice, no obstante, de algunas "amigas". "Amigas" que sin embargo, me hacían a un lado y me humillaban de forma permanente. Su caracter pasivo-agresivo y oportunista era lo que regia en nuestra relacion. Para la muestra de un boton, una vez le dijeron a un chico cualquiera que me gustaba, solo para burlarse de su reaccion. Debo confesar que me largué a llorar ese día. No sería hasta los once que daría con otra chica con gustos similares.

Sandra era un año mayor que yo, y nos conocimos por accidente en el patio escolar.

Estaba en la fila para comprar un paquete de galletas, cuando vi por casualidad una niña leyendo uno de mis libros preferidos. Se trataba de El Juego de Ender, una gran historia sobre la vida en un régimen militar.

Inmediatamente, y sorprendida ante tan peculiar descubrimiento, me acerqué a ella para saludarla.



-Ho...hola.-le dije, con algo de timidéz.

-Hola.-me respondió ella, algo mas decidida-¿Necesitas algo?-

-Ese libro.-dije, ya entrando en confianza-lo conozco.

-¿Ah sí?-dijo ella ya tan sorprendida como yo.-¿Te gusta leer?



Empezó así una larga conversación sobre nuestros gustos, musicales, de lectura, a la que siguieron, en los siguientes días, charlas mas triviales, sobre nuestras cortas vidas.

Pronto desarrollamos una amistad que se extendería durante cuatro largos años. En ese tiempo, prácticamente nos aislamos del mundo. Dejé de juntarme con mi anterior grupo, y llegamos a ser, lo que se dice, "como hermanas".

Eso, sin embargo, no nos salió barato. Las otras niñas, incluso las que había llegado a considerar amigas, empezaron a acosarnos. Un buen día, nos invitaron a una fiesta de disfraces sólo para descubrir que no lo era. En otra ocasión, nos encerraron en el salón después de clases.

De todos modos, eso lejos de amedrentarnos fortaleció nuestra amistad, que me mantuvo a flote cuando mi abuela murió a mis once años.

Un tumor en el cerebro. En una ocasión, mientras desayunaba para ir a la escuela, la animada conversación que tenía con mi abuela se vio interrumpida. Ella se quedó mirando un punto fijo en la pared, haciendo caso omiso a mis preguntas. Y segundos mas tarde, empezó a convulsionar.

Tras una traumática mañana de hospitales y resonancias magnéticas, el doctor nos dijo finalmente que le quedaba, a lo mucho, un mes de vida.

No se lo dijimos. Si iba a morir, queríamos que fuera en paz, sin miedos ni preocupaciones.

Dos semanas mas tarde cayó en coma, y murió a los pocos días.

En el funeral, Sandra estuvo conmigo. Incluso recuerdo haber llorado en los brazos de mi madre, con ella consolándome. Siempre a mi lado. Siempre fiel.



III



¡Oh, Sandra! Cuanto desearía haber conservado ese tesoro. Pero fui tan ciega, y tan arrogante. No supe ver que tus pecados eran los de los niños: la inocencia y la ingenuidad. Los míos eran en cambio los del Diablo, la soberbia y la crueldad.

Mi madre no supo manejar la muerte de mi abuela. Y lejos de hacerla mas fuerte, como solemos pretender que pase con este tipo de pérdidas, la sumió aún más en ese oscuro pozo del que nunca terminó de salir.

Es así como con doce años recién cumplidos, fui testigo de cómo mi madre cayó lentamente en la bebida. Al principio, eran salidas con amigos de las que volvía ebria y llorando. Pero pronto empezó a beber en casa, cada vez en mayor frecuencia y en mayores cantidades.

Recuerdo aún como en una ocasión, y obviamente lejos de la plenitud de sus facultades mentales, empezó a gritarme y a decirme cuánto lamentaba haberme tenido. Es así como logré deducir la historia de mi concepción.

Mi primer contacto con las redes sociales fue a los trece años, a través de una de mis compañeras de clase. Fue un día inusualmente tranquilo en la escuela, cuando una de las chicas del salón empezó a hablar con un, en retrospectiva, perturbador entusiasmo sobre un foro al que una de sus "amigas en línea" la había añadido. Se trataba de uno de esos por aquellos años famosos grupos de "Ana y Mía" (chicas adolescentes que hacen propaganda de su supuesta anorexia o bulimia).

Como ya dije, desprecio profundamente a los que hacen de sus problemas un circo, y ese tipo de proselitismo me resulta particularmente desagradable. Sin embargo, y sin explicarme hasta el día de hoy porqué, su historia me llamó mucho la atención.

Ya para esa altura, el alcoholismo de mi madre era evidente para nuestros amigos y conocidos, con lo que la madre de Sandra me permitía pasar las tardes y con frecuencia, también las noches en su casa.

Y en fue en una de esas noches que decidiríamos quedarnos hasta tarde, viendo videos y páginas sobre conspiraciones en Internet. Es así como me surgió la idea de, sin decirle nada a su madre, crear una cuenta en redes sociales y usarla para investigar las "maravillas" narradas por nuestra compañera.

Es interesante como una pequeña decisión puede determinar tu vida. Si tan sólo Sandra hubiera temido mas a su madre que a mi enojo, probablemente no estaría usted, querido lector, leyendo mi testamento.

Como sea, olvidé mencionar que Sandra siempre fue algo "geek". Le gustaban las computadoras, la tecnología, y no tardó en hallarle la vuelta al formulario de ingreso de Gmail.

En pocos minutos, teníamos nuestra cuenta lista, y empezamos a darle uso. Comenzamos por crear una cuenta en el famoso foro, con un nombre falso, naturalmente. Lo primero que hicimos entonces fue buscar el famoso grupo de Ana y Mía, y después de media hora de espera, nuestra solicitud de entrada fue aceptada.

Las cosas que vimos nos parecieron una peculiar combinación entre lo turbio y lo ridículo. Así que, ya algo aburridas de ver idioteces, decidimos irnos a dormir tras la tercera advertencia de mi madre sustituta.

Pasaron los días, y comenzamos a explorar silenciosamente otras redes sociales y grupos. Sin embargo, con el tiempo, Sandra se aburrió del tema y dejó de prestarle atención. Mi historia, sin embargo, fue diferente.


IV



No estoy del todo segura de cuál fue mi motivación a la hora de tomar ese rumbo. Creo que, posiblemente, lo que me impulsó fue aquella sensación de...desatención que nunca me dejó del todo.

En una ocasión, en mi primera sesión de psicología (que mi madre pagaba para, quizá, de alguna forma tranquilizar su conciencia), al terapeuta le dio por hablar sobre mi relación con mi padre. Tras comentarle lo, para ustedes, obvio a estas alturas, frunció el ceño, y se dirigió hacia mí con aquella agradable voz profunda que tanto acabé disfrutando en mis sesiones:



-¿Y no crees que esa podría ser la causa de esos comportamientos?. Muchos niños suelen buscar en los demás el afecto y la...atención que no reciben de uno de sus familiares. En tu caso, tu situación de abandono podría haberte impulsado a buscar en desconocidos estas dos cosas.



-No lo creo, doctor-mentí.

La verdad, es que me avergonzaba admitir esa posibilidad. Como habrá notado el lector perspicaz, soy una persona bastante orgullosa, y la idea de depender de otros para mantener mi ego, a decir verdad, no me gustaba nada. Sin embargo, en realidad siempre me sentí algo sola. Mi madre nunca tuvo mucho tiempo para mi, y el nunca haber sabido lo que era tener un padre, pues...probablemente influenció en lo que sigue.



En los siguientes meses, me compenetré cada vez mas en la cultura y dinámica de las redes.

Mantuve activa, así, la cuenta de Isabella Couture, y fui lentamente haciéndome de un espacio en el medio. Comencé por entrar en varios foros de debates sobre ciencia y sociedad, en los que soltaba comentarios ácidos que, curiosamente, agradaban bastante a quienes los leían.

Mis víctimas mas frecuentes eran los religiosos y aquellos con gustos musicales "poco curtidos" (véase, reggaetoneros y fans de la cumbia villera). Es así como, tras unos meses, tenía por "amigos" a personas de las que no conocía ni su nombre real.

Uno de ellos, quien llevaba en foro el nombre de Osiris, se volvió con el tiempo muy cercano a mí, hasta el punto de que terminamos hablando prácticamente cada día.

En una ocasión, me escribió para decirme que ya era tiempo de abrir mi propio blog en la página.

Cuando le pregunté porqué, me contestó que me había vuelto una figura algo popular en los foros que frecuentábamos, y que podría hacerme de algo de éxito en el terreno. Tenía razón.

Sin darme cuenta, había logrado un par de cientos de seguidores en el foro, que me apoyaban en cada discusión que tenía, incluso a veces de formas que podríamos tildar de poco éticas.

Y siendo así, no tardé en abrir mi blog. Ignoraba yo en aquél momento de cuánto acabaría lamentando eso.



V



Mi primer artículo en el blog versaba sobre música, y se titulaba, "Reggaeton: el holocausto de la razón". Ya podrán imaginar de que trataba.

Para muchos en el foro, esa fue la gota que rebalsó el vaso. Como era de esperarse, muchos de ellos no supieron contestar mas con insultos y amenazas, que no tomé en serio por venir de quienes venían.

Hasta me reí cuando abrieron un foro privado en mi contra, y mandé como espías a un par de miembros de mi séquito para ver que tal. Como lo esperaba, poco mas que memes y chistes de mal gusto relacionados a mi persona.

En cuanto a mi vida fuera de Internet, por aquellos tiempos empezaron a surgir en mí los primeros sentimientos románticos. Me gustaba un chico, al que habría visto unas cuantas veces en el patio de recreo. Era un joven moreno, de buena figura y rasgos agradables a la vista.

Con el paso de los días y luego de las semanas, podría decirse que me obsesioné con él. Pensaba todo el tiempo en lo que le diría si nos conocíamos, en cómo presentarme, y cuáles serían las palabras indicadas para hacerlo.

Sandra, naturalmente, no tardó en enterarse de la novedad, y sería ella quien me aconsejaría al respecto. Pero había un pequeño problema: No tenía la menor idea de quién era él.

La solución vendría por sí sola. En una ocasión, de visita en casa de una compañera de otro curso, amiga de Sandra, para trasnochar y ver películas, nos pusimos a charlar sobre chicos, ropa, cosas de adolescentes. Y es así, entre risas y jugueteos, que vino a mí un valioso dato que marcaría parte de mi corta vida. Una de las chicas comentó por casualidad que un tal Raúl, amigo de ella, le había confesado en un momento de intimidad que venía tiempo mirando en los recreos a cierta chica dos años menor que él: yo.

Al principio, me reí bastante, sintiéndome al mismo tiempo halagada. Pero pronto la cosa cambió, cuando la misma chica me ofreció mostrarme su foto, sólo por si me resultaba atractivo.

Mi corazón se detuvo cuando lo vi. Alto, moreno, de rasgos finos...era el mismo muchacho en el que pensaba sin parar desde hacía meses.

Al ver mi cara de sorpresa, Sandra me miró, algo confundida, para luego sacarme de mi ensimismamiento al preguntarme:



-¿Hola? ¿Que te pasa? Tierra a Ami...



Tardé varios minutos de sonrojo y...franca humillación en contarles de lo que se trataba. Tras ese período de verguenza, y risas de mis ya para esas alturas amigas, finalmente empezaron a, como era de esperarse, planificar una conspiración a mi favor.


VI


Siempre tuve sentimientos algo despectivos con respecto a los hombres. Para ser directa, me resultaban primitivos y básicos. Desde niña noté su comportamiento un tanto salvaje, que me llevó a distanciarme de ellos durante algún tiempo. Es curioso, siendo así, el que serían esos mismos rasgos los que me llevarían a enamorarme perdidamente de Raúl.
 Finalmente, llegó el día. Las chicas lo habían planeado todo durante semanas. Se trataba de la fiesta de cumpleaños de una amiga en común, a la que Raúl había sido de los primeros invitados. Al parecer no era una fiesta que se pudiera llamar "legal" en toda regla, pues, al fin y al cabo, los padres de la chica ni siquiera estaban enterados de lo que iba a suceder. Al principio, tuve mis dudas de ir, pero pensé que esta era una oportunidad entre un millón para estar con Raúl después de mucho tiempo, así que los riesgos serian "asimilables" para la yo de ese momento.
En las horas anteriores, me habían estado maquillando, vistiendo y preparando en cuanto a lo que tenía que decir y hacer.
Al llegar la hora, y tras haberme visto al espejo unas diez veces en cambios de imagen, entré en el salón y tomé junto a las chicas asiento en la barra. Después de ver cómo los invitados bebían y consumían drogas de diferente calibre, finalmente perdimos el pudor, para proceder a pedir unos tragos. Pasaron los minutos, y mi objetivo no aparecía. A las once y media de la noche, una de las chicas empezó a manifestar signos de ebriedad. A las doce y treinta y cinco, comenzaron los bailes, sin noticias de Raúl. Fue finalmente a las una y diez de la mañana que mi futura pareja aparecería en escena, acompañado de un grupo de amigos.
Es así como empezó la fase dos del plan. Su amiga se acercó a él, notificándole de mi presencia.
Él se limitó a asentir, y siguió con su charla. Casi veinte minutos mas tarde, se dirigió finalmente en mi dirección. En ese momento, recuerdo cómo mi corazón empezó a latir algo mas fuerte de lo normal. Me sonrojé, y estaba por dejarme llevar, cuando Lara hizo acto de presencia.
Lara era parte de la farándula escolar. Una chica alta, de cabello rubio, parte del grupo que en algún momento habían sido mis amigas. Se saludaron y empezaron a bailar.
Me encogí de hombros. No podía competir con eso. Así que, algo triste, me dediqué a charlar sobre lo trágico de mi vida durante varios minutos mas. Hasta que, de repente, empezó entre la recién formada pareja un conflicto que la disolvería rápidamente. Al parecer, él la habría tocado indebidamente, a lo que ella reaccionó con un empujón y un alejamiento.
Debí haber visto en eso una advertencia de lo que vendría mas adelante. Pero llevaba tanto tiempo detrás de él, que no iba a perder mi oportunidad de un acercamiento.
Lo vi salir por la puerta hacia el patio trasero, y decidí ir detrás de él. Dubitativas, las chicas me acompañaron, ya con una estrategia en mente.
Cuando estuvimos ahí, Julieta, una amiga en común, se dirigió a él preguntándole que había pasado.

-Nada. Ella dijo que yo la manoseé, y ni siquiera la toqué-se quejó Raúl. Otra vez, mi corazón estaba acelerado.
Nos miramos de reojo, y ella continuó,

-Y bueno...siempre hay gente histérica.

A continuación, nos presentó y comenzamos a charlar sobre experiencias con personas de ese tipo.
La conversación se fue animando progresivamente, hasta que finalmente Raúl decidió volver a la fiesta, separándose de nosotros. No estando dispuesta a dejar que mi plan fracasara, decidí seguirlo sin consultar a las demás, que se limitaron a mirarme desde lejos.
Sin embargo, no me atreví a hablarle directamente. Mas bien, me senté en la barra y lo contemplé mientras buscaba algún partido, hasta que, finalmente, posó sus ojos sobre mi, me sonrió de manera seductora, y empezó a caminar en mi dirección. Mi pecho era un tambor retumbando en la sala. De repente, era como si ahí sólo estuviéramos él y yo.

-¿Querés bailar?-me dijo, en forma directa y concisa.
Lo único que atiné a hacer fue levantarme, agarrarlo de la mano, y...dejarme llevar. Los siguientes minutos fueron sencillamente mágicos.
Cuando la madre de Julieta llegó a recogernos, ya cerca de las tres de la mañana, yo no podía decir una palabra sin tartamudear. Poco sospechaba yo en aquél dulce instante, que negras nubes se aproximaban en el horizonte.


VII


En los siguientes días, mantuve con él una viva correspondencia por Internet. Y entre mensaje y mensaje, fui conociendo detalles sobre su vida.
Como yo, sufrió de abandono (en su caso, materno) durante la infancia. Su madre se fue de casa cuando él contaba apenas cinco años. 
Su padre, un alcohólico violento, lo golpeaba con frecuencia y su desempeño escolar era malo, lo siguiente. El resultado de todo esto fue que, con doce años, comenzó una carrera como vendedor de marihuana.
Es en este punto que, leyendo y releyendo y lo anterior, no puedo creer mi ingenuidad al pensar que lo nuestro podría funcionar. Pero, como dije, sería precisamente ese comportamiento algo primitivo que caracteriza algunos hombres lo que me enamoraría de él.
Leí una vez una hipótesis de cierto biólogo (de cuyo nombre no quiero acordarme) que pretendía explicar casos como el mío. Según él, el que las mujeres fueran tratadas como objetos a conquistar en la Prehistoria, resultó en que las que se sintieran mas atraídas hacia sus violentos captores, sobrevivieran con mayor frecuencia y por tanto legaran ese rasgo a su descendencia.
Sea como sea, el caso es que ver cómo se desenvolvía entre sus semejantes me resultaba profundamente atractivo.
Empezamos a reunirnos en la escuela poco tiempo después de entablar nuestras primeras charlas. Es así como conocí a su grupo de amigos, todos de su mismo estilo, en el que él presentaba cierto papel de liderazgo. En esa pequeña comunidad, era él quien decidía siempre qué se hacía, a dónde se iba, y con quiénes.
En una ocasión, paseando por los pasillos del colegio, vi como le hacía zancadilla a un joven que pasaba a nuestro lado. El muchacho se limitó a levantarse e irse (no estaba en posición de enfrentarse a Raúl, y no era la primera vez que lo agredía), sin decir una palabra.
Se trataba de Jorge, uno de mi salón. Y a decir verdad, me dio algo de pena ver la escena.
Jorge era el típico chico tímido y sin muchos amigos de cada salón. Por lo que me comentaron amigos, yo siempre le había gustado, y él nunca perdía la oportunidad de manifestarlo.
Cada tanto, encontraba algún pequeño regalo "anónimo" en mi pupitre. Otras veces, alguna carta de amor mal escrita, y, las menos, algo de verdadero valor monetario.
En todo caso, jamás me fijé en él. No era ya que no me resultara atractivo, sino que, para resumir, era lo que se llama comúnmente un ñoño. Obsesionado con la tecnología, no tenía mucho mas tema de conversación que la última consola o los nuevos programas de cualquier empresa de celulares.
Lo mas cerca que estuvimos de una amistad fueron las ocasiones en que me ayudó a estudiar para algún examen la hora anterior al mismo, o cuando tuvimos alguna charla ocasional al pedirle prestado algún trabajo.
Esa tarde, acompañé a Raúl a casa después de la escuela. Al llegar, me encontré con una casita despintada y que aparentaba a simple vista ser algo fría. Entramos, me presentó a uno de sus primos que vivía con él, y se alejó por un momento, en lo que su familiar y yo sosteníamos una breve charla.
Al volver, traía consigo dos cigarrillos (con su inconfundible aroma a marihuana), y una botella de cerveza. Se sentó a mi lado, me abrazó con su brazo izquierdo, y encendió uno de ellos.

-¿Querés uno?-me preguntó, mirándome con esa actitud de dominio que tanto me atraía.

-No gracias.-le dije.

-Vamos. Es una experiencia única.

-Hummm...-me quedé pensativa por unos segundos.-Está bien. Pero sólo uno.

En pocos minutos, empecé a sentir los primeros efectos. Me relajé mucho, y noté rápidamente cómo mis sentidos se agudizaban. La canción que escuchaba el primo de Raúl se me hizo de repente más larga, y la habitación pareció cambiar de tamaño ante mis ojos.
Me fijé repentinamente en la pantalla de la computadora que este usaba, para ver la imagen de un contacto en cierta red social. Se trataba de una mujer que tenía por nombre de usuario Roxx. Pronto empecé a especular sobre lo que podría significar, y me vino a la mente una posibilidad: las dos x significaban sensualidad, pero la x faltante representaba la puerta abierta a que un tercero la active. En pocas palabras, una mujer dispuesta a engañar a su esposo.
En los comentarios de una fotografía que un lujurioso primo miraba con detenimiento, alcancé a leer la frase "super sexy", escrita al parecer por su hija. Inmediatamente por debajo, la mujer comentaba "jaja...nop". Otra vez, mis especulaciones me llevaron por recónditos pasajes. La primera frase hacía referencia a algo que se notaba a simple vista en la imagen: lo transparente del bikini de la señora, que hacía que uno de sus pezones fuera visible. La segunda, por su parte, se podría traducir como "ups, callate".
En lo que divagaba, fui sorprendida por los labios de Raúl chocando con los míos. Me dijo que mi sonrisa y mirada de fumada le resultaban casi angelicales. Me excité, pero cuando él me ofreció acompañarlo un rato a la sala contigua, le recordé el horario.

-Ya es tarde.-le dije, haciéndome la tonta.-Si no llego antes de las siete, mi mamá me mata.

Frustrado, Raúl se levantó y me acompañó hasta la puerta. Justo cuando pensé que ahí se iba a acabar nuestra aventura, se dirigió hacia el portón del garage de la casa. Al abrirlo, me encontré con una bonita motocicleta, bastante elegante.

-Bonita moto-le dije, sin disimular mi asombro.

-¿No te vas a subir, muñeca?-me dijo, sonriéndome.

Confiadamente decidí subir, y emprendimos camino hasta mi casa.
Al llegar, me bajé, lo despedí con un beso de lengua, y toqué el timbre. Me abrió mi madre, sorprendentemente sobria, y se quedó mirando a Raúl de reojo. Este se limitó saludarla y se alejó con la moto a toda velocidad.

Durante la cena, mantuvimos el tradicional silencio de una familia disfuncional. Durante varios minutos, no mas palabra que las del presentador del programa de televisión que estábamos viendo.
Finalmente, me levanté y me fui a dormir. No pude. Me quedé pensando en tantas cosas...
¿Que habría pensado mi madre al verlo? ¿En que podría resultar esta relación? Y mas importante aún: ¿Porqué se abstuvo de hacer comentarios sobre él? Tales preguntas me mantuvieron despierta durante largas horas hasta que, finalmente, me venció el sueño.

VIII

En las siguientes semanas, me hice un espacio cada vez mayor en los foros que frecuentaba. Mi blog alcanzó unos cuantos miles de seguidores, ante la impotencia de mis rivales y enemigos. En ese tiempo, también se volvió conocida por todos en el colegio mi relación con Raúl. Durante los recreos, solíamos escondernos para fumar y beber, lo que mas de una vez me trajo problemas, sin que mi madre se enterara por causa de intrincadas estrategias.
Fue también en ese período que comencé a estrechar mis relaciones con mis antiguas amigas, a la par que las que tenía con Sandra y las demás se debilitaban. Ya cerca de mi decimoquinto cumpleaños, casi ni me veía con ella, y ni siquiera manteníamos nuestras típicas conversaciones por celular.
Sin embargo, debo decir que nada de eso fue causa de infelicidad para mi. Tanto mi relación con un miembro de la élite escolar, como mi creciente fama en Internet me ganaron el respeto de las chicas, que ahora sí me tenían en cuenta a la hora de tomar decisiones.
Fue una mañana en que me preparaba para salir de clases (algo tarde, cosa común en mí a esas alturas) que fui sorprendida por una mano tocando mi hombro. Cuál no sería mi sorpresa al voltear y encontrarme con nada menos que Jorge, visiblemente nervioso.

-¿Que necesitás?-le pregunté, aunque a decir verdad ya me imaginaba lo que venía.

-Eh...-titubeó unos segundos, en los que mi mirada fija lo incomodó notoriamente.-Necesito que hablemos.

-¿De qué?-le pregunté, visiblemente molesta.

-Mira, voy a tratar de ser directo. Tengo una fiesta este Sábado, y quería preguntarte si querías venir conmigo.

-Jorge...estoy en pareja. Ni creas que la voy a cagar así.-le dije, sin mayor consideración.

-Ah...ya veo. Perdón por molestarte.-se alejó unos pasos, para después volver sobre sí, y decirme:

-¿Te puedo hacer una crítica?

-A ver...-dije, sin disimular lo lamentable de la situación.

-No creo que ese tal Raúl te convenga. Los profesores se quejan mucho de tu comportamiento y de que tu desempeño ha bajado.-explicó, provocando en mi una sonrisa burlona.

-¿Y quien me conviene? ¿Vos?-le dije, ya riéndome. 

Algo enojado, me miró y me dio una respuesta inesperadamente contundente.

-¿Que no te das cuenta de que te ve como un trofeo? La mitad del colegio sabe que anda con otras.

Me le quedé mirando, como embobada. Tras unos instante, le dije:

-¿Sabes que? Andate y no jodas más. No me gustás y nunca me vas a gustar, así que mejor volvé por donde viniste. Pelotudo.

-Esto no se trata de gustar o no gustar. Te vas a cagar la vida.

-Antes me cago la vida que andar con vos. Payaso.-le dije, sin medir las consecuencias. A decir verdad, mi comentario sólo era producto del impacto que me produjo tamaña revelación. Estaba enojada. Enojada por lo que me había dicho, más que por la posibilidad de que fuera verdad.

Fui testigo entonces de cómo lágrimas empezaban a formarse en sus ojos. Inmediatamente se alejó, agarró sus cosas, y se fue.

Lo seguí, sólo para apagar la luz y salir del establecimiento. Al reunirme con los chicos, seguía pensando en el tema. Sin embargo, decidí no decir nada y esperar a una conversación mas privada.
Durante toda la tarde, me sentí algo incómoda y un tanto paranoica con cada chica que pasaba.
Esa noche, decidí escribirle.

-Hola-le dije. Un saludo algo menos afectuoso de lo normal, dada la situación.

-Hola.¿Como estás, muñeca?.

No respondí. A decir verdad, prefería mantenerme ignorante.

IX

Ana era dos años mayor que yo. Administraba uno de los foros en los que regularmente publicaba mis escritos, y más de una vez tuvimos algún que otro debate fuerte sobre mis publicaciones. Sin embargo, pese a todo, la respetaba, e incluso admiraba. No era para menos: a simple vista se notaba que era una persona bastante formada, y con mucha mas experiencia que yo en el sector.
Incluso tenía un blog bastante mas grande que el mío, en el que solía comentar cosas sobre sociedad.
En una ocasión, después de una de nuestras habituales discusiones sobre mi pretensión de superioridad sobre algún grupo (que ella ganó por goleada, para variar), decidí escribirle por mensaje privado.

-Hola.

-Hola ¿Cómo estás?

-Bien.-le dije, quizá algo nerviosa.-¿Cómo estás vos?

-Bastante bien. ¿Porqué tu mensaje?

Me sentí incómoda por la pregunta. A decir verdad, esperaba una respuesta más amistosa. Sin embargo, tras reflexionarlo un poco, me di cuenta de que esto era predecible. A fin de cuentas, no había escatimado en sarcasmo en nuestra última conversación. 

-Me gustó bastante tu último articulo.-dije, para romper el hielo.

-¿Ah sí? ¿El de Trump?-su último artículo trataba sobre la historia de tan interesante personaje. Ella fue una de las primeras en el foro en darle atención, cuando todavía no se había presentado como candidato. 

-Sí.-contesté. 

En los siguientes minutos, mantuve una de las conversaciones mas interesantes de mi vida. Ana no era solamente una persona de gran inteligencia y de un brillante estilo literario, sino que era evidente su cultura general y amabilidad.
Con el paso de los días, llegamos a entablar una suerte de amistad, que sin embargo no impidió nuestros debates, que eran por momentos el atractivo principal del sitio.
En una de nuestras conversaciones, incluso me dio un consejo que a día de hoy me arrepiento de no haber seguido:

-No te creas tan por encima del resto, mi amiga. Reconozco tu inteligencia y habilidad, pero no es prudente dejarse consumir por el orgullo. Fue este quien convirtió a Lucifer en Satanás. Y, dijo un santo una vez, es la humildad la que puede convertir a los hombres en ángeles.

Bastante poética forma de expresión, ahora que lo pienso. Quizá demasiada para una joven de su edad.

X

A pocos días de mi cumpleaños número 15, estaba entusiasmada. Habiendo dejado atrás mi anterior soledad, por primera vez iba a tener una fiesta de cumpleaños decente (entiéndase por decente algo más que una pequeña reunión con Sandra y dos o tres chicas más). Añadamos a esto los tradicionales festejos por la llegada de esa edad, y tenemos el cóctel completo.
Para esas alturas, mi blog había crecido considerablemente, y mi popularidad se había extendido también a mi entorno mas cercano. Efectivamente: mi estilo cínico sumado a la  influencia de mis nuevos amigos me había ganado cierto número de seguidores en el colegio.
Por aquella época, fui notando como me iba...fusionando con mi personaje.
En una ocasión, mi trato a una compañera que me había golpeado por accidente causó el repudio de la gente a mi alrededor. A decir verdad, no era para menos. Hice unos comentarios algo crueles sobre ella. Sería la profesora a cargo quien me reprendería, obligándome a disculparme.

-Se te están subiendo los humos.-comentó mi víctima, mientras se alejaba.

Me quedé pensando en ello durante unos segundos. Tenía razón. Sin embargo, eso, lejos de hacerme reflexionar, me alegró. Verán: me agradaba mucho mi "yo" de Internet. Isabella Couture era la chica fuerte y rebelde que, hasta hace poco, yo nunca había podido ser en realidad. Me agradaba mucho su ironía y sorna, su capacidad de salir bien parada hasta de las palizas intelectuales que Ana me propinaba. En la vida real, había sido siempre tímida y benevolente hasta con el más inepto. Jamás le había levantado la voz injustamente a alguien hasta ese momento.

El día se acercaba, y ya era hora de diseñar la lista de invitados. Me reuní una tarde con algunas de mis nuevas amigas, quienes me ayudaron en la tarea. Analizando nombres, sobre la base de mis contactos del teléfono, íbamos aprobando o descartando personas.
Fue entonces que me crucé, casi por casualidad, puesto que ya íbamos terminando, con el número de Sandra. Me planteé avisarle a las chicas de que quería invitarla, pero francamente no me atreví. ¿Que pensarían ellas? ¿Que me iban a decir si osaba invitar a mi exclusiva fiesta de cumpleaños a una persona prácticamente marginal? Cuando me sacaron de mi ensimismamiento, decidí no decir nada y preservar mi recién adquirida reputación.

Días mas tarde, ya en la fiesta, fui sorprendida por una llamada de Sandra en mi teléfono celular. Naturalmente, no contesté, y me propuse escribirle más tarde.
El resto de la noche, me divertí como nunca. Raúl y sus amigos habían logrado contrabandear algunas drogas y alcohol, que nos escondimos para consumir. La música fue genial, la comida, excelente, y cuantos se encontraban allí dirían días mas tarde que fue de las mejores fiestas a las que asistieron. Mi madre, que había hecho los pagos pero sin asistir, jamás se enteró de cómo acabamos yo y mis amigas después de esta.
Al volver a casa a la mañana siguiente, con una tremenda jaqueca y tras vomitar un par de veces, decidí acostarme a dormir.

Falté al colegio a la mañana siguiente. Argumenté ante mi madre un fuerte dolor de cabeza, que ella, quizá simulando ingenuidad, supo comprender.

Cuando finalmente regresé, y habiendo llegado tradicionalmente tarde, decidí sentarme a para esas alturas esperar el primer recreo.

Me dormí los últimos veinte minutos de la clase de historia. Cuando me desperté y me dispuse a ir al patio a tomar algo de aire, se interpuso entre mi y la puerta nadie menos que Sandra.

-¿Que querés?-le pregunté, para ir directo al grano.

-¿Podemos hablar un rato? A solas.-me dijo, tomándome del brazo. La solté, y le dije:

-Más tarde. Estoy algo cansada ahora.

-No. Necesito que tratemos esto ahora-dijo, volviendo a sujetarme. Me sorprendí, para ser franca. Sandra siempre había sido algo sumisa, y no esperaba este tipo de reacción de su parte. Me arrastró hacia un rincón del salón, y me dijo:

-Ami...me estás preocupando.

-¿Por qué?-le pregunté. A decir verdad, esperaba la típica escena de amiga despechada por no haberla invitado a mi fiesta.

-Cambiaste.-me dijo-Desde que salís con Raúl, te veo muy mal. Las cosas que me comentaron de tu fiesta no me gustaron para nada.

-¿Y que sos mi mamá para andarte preocupando por eso?

-Soy tu amiga.-me dijo-Y tengo que preocuparme por...

-¿Amalia?-preguntó Lara, detrás de nosotros.-¿Que haces?

-Na...nada-dije, soltando a Sandra.

-Disculpen-respondió Sandra-necesitamos unos minutos.

-No, está bien-le dije, odiándola.-Ya las alcanzo.

Las chicas se alejaron, y es entonces cuando me dirigí a Sandra:

-Mira, no quiero que te metas en mi vida. Se lo que hago.-le dije, sin disimular mi desprecio.

-Sabes tanto lo que haces que te viven amonestando.-me dijo, implacable.-Hasta los profesores se burlan de tu olor a marihuana. Te llevas seis materias y los chicos hablan mal de vos por lo creída que les pareces.

-¿Y que te pensás que me importa?-contesté. No me preocupaban en absoluto los comentarios de los demás. Como dije, estaba en ese momento siendo consumida por mi propio personaje, lo que me daba una sensación de invulnerabilidad que terminaría por causarme más de un problema.

-¿Que no te importa? ¡Si hasta te da verguenza que nos vean hablando!-replicó ella, poniéndome en jaque.-Alguien te lo tiene que decir. Estás yendo por mal camino.

-Dejate de joder. En todo caso, no es tu problema y nunca lo fue. Así que no te metas.-Sandra se encogió de hombros, me miró por unos segundo, y continuó:

-Te admiraba, Amalia. Solías ser la mejor estudiante, la chica mas inteligente que conocí. Ahora no se que te pasa.

-Ahora me pasa que me tenés cansada. Chau.-le dije, alejándome rápidamente.

-Suerte-me dijo.-Creo que la vas a necesitar.

XI

Una tarde en que me encontraba especialmente aburrida, recibí un mensaje de Ana, invitándome a un nuevo proyecto en que estaba trabajando. Se trataba de un intento por reunir en un sólo blog a los más destacables miembros de la plataforma, entre los que, para mi honor, me contaba para esas alturas. 
Era algo con lo que ella había fantaseado durante algún tiempo, así que no me sorprendí. Contaba con varios amigos importantes del entorno, con lo que era cuestión de tiempo antes de que tan ambicioso plan comenzara a ejecutarse.

-Buenas tardes.-me dijo, con su habitual formalidad.

-Hola. ¿Cómo estás?-respondí.

-Mira ¿Te acuerdas de lo que habíamos estado hablando? De mi idea sobre el blog comunitario.

-Sí.¿Por qué?-pregunté, sin demasiado interés.

-Bueno, ya tengo varias personas que aceptaron. Y quería preguntarte si estás interesada.

-Obvio-respondí. Era una gran oportunidad para incrementar mi popularidad, con la que a decir empezaba a obsesionarme.-¿Cuándo empezamos?

-Ahora mismo.-me contestó.

Inmediatamente, se abrió en mi pantalla otra ventana de chat. Se trataba de un grupo de mensajes, de nombre "Intelectualismo Bloguero". En él, pude ver una conversación previa entre varios miembros, que se vio interrumpida repentinamente por la presentación que Ana hizo de mí.
Siguió a esto una amena conversación sobre nuestros orígenes, intereses y actividad en la plataforma, para mas tarde comenzar a debatir las reglas del futuro blog. Acordamos que la publicación de artículos sería libre, siempre y cuando no se violaran las reglas de la página. Así mismo, cada uno debería hacer publicidad del proyecto con sus propios seguidores, para alcanzar un crecimiento considerable en un primer momento.
Semanas mas tarde, logramos reunir mas de diez mil seguidores entre todos, y en continuo crecimiento. Tanto así, que acabamos por abrir nuestro propio foro. 
Es allí donde comenzaron a surgir entre nosotros las primeras diferencias. Los chicos continuamente me criticaban por mi trato a los usuarios, lo que causó más de una discusión en que Ana acababa por salir en mi defensa. De todos modos, no hice grandes esfuerzos por mejorar mi comportamiento.

De vuelta en la vida real, mi relación con Raúl se volvió lentamente más posesiva. Aunque era demasiado orgullosa para admitirlo, las palabras de Jorge me habían afectado profundamente. Paranoica, intentaba evitar separarme de él en la medida de mis posibilidades.
Él no era tan diferente. Empezó a volverse más controlador. Ahora, trataba de evitar que saliera sola. aunque fuera con amigas en común.
Comenzó a revisar mi teléfono celular, y mi actividad en el foro, y yo hice lo propio.  Con frecuencia peleábamos en ataques de celos, y dejábamos de hablarnos durante días.
En una de esas peleas, terminamos a los empujones, y yo, llorando. A falta de una mejor forma de deshacerse de mí, se ofreció a llevarme a casa, y sin tener otra forma de volver, accedí.
Tras varios minutos de incómodo silencio, finalmente llegamos. Me bajé de la moto sin despedirme, y él se alejó inmediatamente, a gran velocidad. Toqué la puerta, y como de costumbre, una borracha María Gómez Irribarre me abrió, sólo para inspeccionarme de pies a cabeza.

-¿Que te pasa?-preguntó, con genuina preocupación.

-Nada...-contesté, obviamente mintiendo.

Preferí ignorar sus subsecuentes preguntas, subiendo inmediatamente a mi cuarto para descargarme. No bajé hasta la hora de la cena. Cuando finalmente lo hice, ella me esperaba con una porción bastante generosa de uno de mis platos preferidos. Me senté, y empecé a comer en silencio.

-¿Cómo estás?-preguntó ella, sin probar ni un bocado.

-Bien...-le respondí, suspirando.

-No te creo.-me dijo.-Hoy entraste llorando a casa ¿Que te pasó?

Guardé silencio. No tenía ganas de hablar de eso, y menos con ella. Sin embargo, ante su insistencia, accedí a contarle lo sucedido.
Después de unos minutos de maternal consolación, ella empezó a lentamente desviar el tema. Me sorprendí al saber que ella estaba consciente de la baja en mi rendimiento, y de mis problemas de conducta. La conversación fue amena. Me sentí animada, y...querida. O al menos, así fue hasta que hizo el, pensándolo bien, ya predecible comentario:

-¿Y no te parece que ya es tiempo de cortar esa relación?-me dijo, ya sin ninguna clase de filtro.

-No.-le contesté.-Se que es inmaduro y algo desagradable, pero aún así lo amo. Y creo que algún día va a madurar.

Ella frunció el ceño y, mirándome compasivamente, prosiguió:

-Hija...es iluso pretender que gente...-reflexionó durante unos segundos-...así cambie.

-¿Como así?-le pregunté, algo molesta por el comentario.

-Gente así.-reafirmó ella.-Sos inteligente. Calculo que ya te habrás dado cuenta de qué estoy hablando.

En efecto, así era. Sin embargo, quizá mi enceguecido amor no me dejaba dimensionarlo del todo.
Siguió a esto una larga discusión, que terminó a los gritos. En un arrebato de hartazgo por la situación, terminé por preguntarle:

-¿Y cuál es tu problema? ¡Ya estoy grande! Se lo que hago, y no me podes seguir controlando como a una nena.

-Sos mi hija, y mientras vivas en mi casa, vas a obedecerme. Ese chico es un peligro.

-¿Y como sabés?-contesté, desafiante. Ante mi creciente terquedad, mi madre termino por perder la paciencia, replicando:

¡Por que ya lo viví con tu padre!-me dijo con contundencia. Y cayendo en lágrimas, prosiguió:

-No quiero que cometas los mismos errores que yo.

Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, ya era demasiado tarde. Yo me quedé mirándola, con la boca abierta, para finalmente alejarme con arrogante actitud, subir las escaleras, y encerrarme en mi cuarto. Hice caso omiso a mi madre tocando la puerta, exigiendo continuar la conversación, hasta que esta finalmente se cansó. Me quedé durante horas pensando estratagemas. Obviamente, no iba a acatar su prohibición.

XII

Durante días estuve pensando en lo que mi madre me había dicho. ¿Ya lo viví con tu padre? Era evidente a que se refería, pero ¿En que consistió esa vivencia, exactamente? ¿Por qué la impactó tanto?
Repasé en mi mente lo poco que conocía sobre mi concepción mas de una vez, tratando de deducir los posibles detalles, intentando notar cosas de las que no me hubiera dado cuenta antes.
Puede decirse que se volvió una obsesión para mí. Con el tiempo, mis preguntas se volvieron lentamente más personales: ¿Qué habría sentido mi padre cuando se enteró de que venía en camino? ¿Habría sentido algún grado de culpabilidad al abandonarme? 
No me atreví a hablar con ella sobre el asunto. Jamás me había dicho mucho al respecto, y la razón era evidente.
A medida que los días se convertían en semanas, mi obsesión creció hasta el punto de fantasear con un reencuentro. Fue así hasta que, en una noche de insomnio, finalmente me di cuenta: quería desesperadamente conocer a mi padre. Lo necesitaba. Siempre lo había necesitado.
Un buen día, después de salir del colegio y reunirme con los chicos, resolví irme temprano, con un plan en mente. Como de costumbre, Raúl me llevó a casa, no sin insistencias para que me quedara de por medio. Al llegar, bajé y lo despedí con el tradicional beso de lengua. Hecho esto, él se alejó y yo toqué la puerta. Como lo esperaba, mi madre estaba ebria, así que procedí a la fase dos del plan.
Le preparé algo para merendar, y hecho esto, me acerqué con una bandeja de plata a la mesa en que ella se encontraba bebiendo. La saludé amablemente, y le pregunté como había estado. Sorprendida, me dijo:

-Y...algo triste.-me contestó ella.-Pero bueno. ¿Vos cómo estás?

-Bien.-le dije, con una sonrisa.

-¿Que me querés pedir?-me preguntó, sin tapujos.

Me quedé callada unos segundos. La miré, me miró, y finalmente dije:

-Tenía ganas de charlar...

-¿De qué?-me interrogó nuevamente. Era evidente que no estaba de humor para lo que venía. Pese a eso, proseguí:

-Últimamente tengo...curiosidad sobre cierto tema. Es un tema que me afectó mucho en mi vida, y después de pensarlo mucho, creo que ya es hora de que me hables sobre él. Quiero saber sobre mi papá.

-Que cuestión...-me dijo, suspirando.-Mira, Ami. Todo lo que tenés que saber es que, con todo, hice lo mejor que pude para criarte. Te pido perdón, pero no me siento preparada para tratar esto.

-¿Por qué no?-pregunté, algo desilusionada.

Ella bajó la mirada, y se limitó a insistir:

-No es un tema del que me agrade hablar.

Comencé, entonces, a insistir, cosa que ella no se tomó nada bien. En pocos minutos, mi sonrisa y actitud condescendiente se había convertido en una expresión de ira y frustración.

-¿¡Por qué insistis, Amalia!?¡Ya te dije que no quiero, no estoy en condiciones de hablar del tema!

-¡Quiero saber de dónde salí! ¡Tengo derecho, y no me lo podés negar!

-¿¡Para qué!? ¿Querés conocerlo?-me preguntó, de manera sarcástica-¡Nunca le interesé! ¡Nunca le interesamos! Sino estaría acá.

-¡Pero es mi padre! ¡Quiero por lo menos saber algo de él!

Al parecer sin haberme escuchado, continuó:

-¡Y la forra de tu abuela! ¡ ¡Vieja de mierda, nunca se preocupó por darme un puto duro para mantenerte! Los Ledezma son así, todos unos soretes egoístas.

Esa palabra se quedó grabada en mi mente. "Ledezma". Era evidente que se trataba del apellido de mi padre. Sin embargo, no era momento para largas reflexiones.

-¿Sabés que?-me dijo mi madre-Andate. No quiero hablar mas. Ya me amargaste el día.

Decidí obedecer. Ya tenía la información que necesitaba.

XIII

Con el paso del tiempo, mi relación con Ana empezó a degradarse.  Ella estaba harta de tener que convencer al resto de miembros de no expulsarme cada vez que intentaba humillar a un humilde partícipe de nuestro foro.
Para esas alturas, mi relación con ellos se había degenerado hasta el punto de acabar tirándonos indirectas en el medio, cosa que terminó por volverla insostenible.
Un buen día, después de una discusión con un miembro ilustre del foro, mucho más formado que yo (y de un carácter tan sarcástico como el mío), me cansé de ser repetidamente burlada en mis intentos de dejarlo mal parado, y, frustrada, terminé por expulsarlo. Esa fue la gota que colmó el vaso.
Los miembros del chat empezaron a quejarse amargamente de mi comportamiento.

-Sos insoportable.-dijo uno-Te ignoré muchas veces, pero ya me hartaste. Sos una pendeja inmadura y soberbia, y ya no tengo ganas de seguir aguantándote. Voto para expulsarla.

Uno a uno, los distintos miembros coincidieron con él, y yo empecé a preocuparme. Es verdad que mi comportamiento había distado mucho de ser ejemplar, pero aún así valoraba la oportunidad de crecer en influencia gracias a este proyecto. Sin embargo, no iba a caer tan bajo para suplicarles, así que me limité a, confiadamente, esperar a Ana. Ella llegó, y tardó unos minutos en leer toda nuestra anterior conversación. Pero, para mi sorpresa, me vi repentinamente silenciada, y una ventana de chat se abrió en mi pantalla.

-Hoy si te pasaste.-dijo Ana, con un evidente enfado.-Te aprecio, amiga, pero a decir ya me estás cansando. No puedo estar todo el tiempo salvándote el pescuezo.

Intenté excusarme, pero ella continuó:

-Es que lo haces siempre. Casi no pasa un día sin que andes de provocadora. Mira, voy a hacer lo posible por convencer a los demás de darte una oportunidad, pero por favor, ya no hagas méritos para que te echen. La próxima vez, te juro que no voy a hacer nada para evitar que te saquen.

Le prometí cambiar mi comportamiento, y ella procedió a escribir en el chat grupal. En los siguientes minutos, fui testigo de uno de los ejercicios retóricos mas soprendentemente convincentes que he visto:
-Miren, a mi no me compra el hecho de que sea mi amiga desde hace mucho. Menos me compra el que me haya pedido disculpas. Me compra que tiene quince años. El promedio de nosotros tiene entre 17 y 21 años. No la podemos juzgar con la misma dureza con que se juzgaría a alguien de nuestra edad, sencillamente porque no la tiene.

-Pero es que encima de pedante es necia-replicó otro miembro.-Hemos hablado con ella de todas las maneras posibles, y no recapacita.

-¿Te olvidaste de cómo eran tus primeros artículos?-le contestó ella, fulminándolo.-Todos tuvimos esa edad. No hay que tenerle en cuenta esa clase de faltas. Ya madurará.-dijo, con una actitud condescendiente que me resultó francamente molesta.

Uno a uno fueron cayendo los argumentos de mis acusadores. Finalmente, se me quitó el modo silencio, y me disculpé con ellos, quienes me hicieron pasar por la humillación de pedirle disculpas al expulsado, y volver a añadirlo.

En adelante, hice lo posible por ser mas cuidadosa con mis comentarios. Aunque de vez en cuando se me salía la cadena, siempre pedía disculpas a mi contrincante, y procedía de manera mas respetuosa.

Así logré evitar que mi cabeza rodara durante algún tiempo. Pero, conociéndome, eso no podía durar para siempre.

XIV

Una tarde en que mi madre iba a ausentarse por razones de trabajo, decidí ejecutar lo que había venido planeando. Tras vestirse y darme un par de consejos sobre lo que debía hacer y no en su ausencia, se retiró con un beso en la mejilla, y yo me puse inmediatamente manos a la obra. Agarré la guía telefónica de páginas amarillas que teníamos en casa,  y empecé a pasar las páginas hasta llegar a la letra L.
Labado, Lázaro, Layo, Lecerta, Leal...Ledezma. Comencé entonces a hacer una cosa bastante extraña, que sin embargo terminó por resultar. Llamé uno por uno a los teléfonos que figuraban en la guía, contando parte de mi historia, para verme decepcionada vez tras vez.
Alguien podría preguntarse en este punto en qué demonios estaba pensando. A decir verdad, ni yo conozco la respuesta. Lo que sí puedo decirles, es que mi ansiedad por encontrar a mi padre me había estado carcomiendo el alma día tras día, hasta que finalmente no aguanté más e hice la locura que ahora les relato.

Ya perdiendo la esperanza, y tras dos horas de búsqueda infructuosa, decidí finalmente probar con un último número, y ponerme a merendar.

El tono sonó un par de veces, y yo ya temía el peor de los resultados.

-¿Ho...hola? ¿Quién habla?-me dijo una voz masculina desde el otro lado de la línea.

-Hola.-contesté, con firmeza.-Sepa disculpar la molestia. Mi nombre es Amalia Gómez Irribarre, y estoy buscando a mi padre.-dije, ya insensibilizada ante la posible desaprobación.-Mi madre es María Gómez Irribarre, y se quedó embarazada de mi en el año 2001. Hace unas semanas, después de pensarlo mucho, decidí que quería buscar a mi papá, aún sin la aprobación de ella. No se casi nada sobre él, excepto que es de apellido Ledezma. Si tiene alguna información, le suplico la comparta conmigo.-concluí, esperando la respuesta de mi seguramente sorprendido interlocutor. 

La línea se quedó en silencio durante unos segundos, hasta que el hombre al otro lado de esta exhaló con fuerza, y cortó.

Ya me esperaba esa respuesta. Algo triste, pese a todo, decidí levantarme e ir a comer algo. 

Esa noche, después de cenar, me dispuse con mi madre a ir a dormir. Había sido una velada inusualmente agradable, con lo que me acosté con buenos sentimientos.
Cerca de la una de la mañana, escuché cómo el teléfono comenzaba a sonar. Temiendo que mi madre se levantara para darse con alguna sorpresa, decidí bajar rápidamente a atender. Al salir de la habitación, ella, somnolienta, se estaba sentando en la cama.

-Ya voy yo.-le dije, en lo que me dirigía hacia el teléfono. Ella me agradeció y continuó descansando.

Tras el tercer ring, finalmente agarré el auricular y lo puse en mi oreja.

-¿Hola?-pregunté, expectante.

-Hola. ¿Habla Amalia?-preguntó la familiar voz de un hombre al otro lado.

-S...sí.-respondí, titubeando.

La línea se mantuvo otra vez en silencio, que fue interrumpido por el hombre diciendo:

-Creo...creo que se dónde está tu papá.

XV

Seis días mas tarde, me encontraba caminando solitariamente por las calles de Buenos Aires. Había acordado con el señor Ledezma el encontrarnos en un bar bastante conocido del centro de la ciudad, y yo me las había ingeniado para evadir el control materno. En efecto: me había salido del colegio antes de la formación inicial, para asistir sin que ella ni nadie lo supiera. En otros tiempos, hasta me hubiera dado vértigo hacer semejante cosa, pero después de unos cuantos meses de noviazgo con Raúl, había adoptado ya sus mañas.
Obviamente, mi tío no lo sabía. No me iba a arriesgar a notificarle la clandestinidad de nuestro encuentro a un hombre de familia, que probablemente no se lo pensaría dos veces en delatarme.
Finalmente, llegué, y al no divisar a nadie con la descripción que se me había dado, decidí sentarme en el lugar pactado, a esperar pacientemente.
Tras veinte minutos de espera, finalmente vi doblar una camioneta blanca en la esquina mas cercana, que se estacionó en un espacio recién dejado por otro conductor. De ella, se bajó un caballero de contextura delgada y barba recortada. 
De inmediato, me levanté y me acerqué a él. Al llegar hasta donde estaba, lo saludé extendiéndole la mano.

-Buen día.-le dije, con una sonrisa- Debe ser usted el señor Ledezma.

-Decime Ángel.-me contestó, devolviéndomela.

Dicho esto, nos sentamos y él me invitó a una taza de café con leche con medialunas. Comenzamos, entonces, a charlar sobre lo que nos importaba.

-Disculpa por la tardanza. Me surgió una urgencia en la oficina.

-No hay problema.

-Uf....-suspiró, pensativo.-Hay tanto de lo que quisiera que habláramos. Antes que nada, creo que te tengo que pedir perdón...a nombre de nuestra familia por todos estos años de ausencia. Traté de acercarme, de verdad. Cuando eras una bebé, traté de visitarte, pero tu mamá me echó de la casa, enojadísima.-dijo, con una mirada triste.-No debí haber sido tan cobarde para no volver. Pero en ese momento, yo era joven e inmaduro. Me enojé mucho por su actitud, y decidí dejarla en paz.

Nos miramos durante varios segundos. Debo confesar que hasta sentí lástima por él. Se notaba en su mirada un sincero arrepentimiento por haberme dejado a mi suerte durante tanto tiempo.

-Entiendo.-le dije, bajando la mía.- ¿Sabés? Siempre me pregunté qué fue de mi papá después de dejarnos.

-Pues...-alzó la cabeza por encima de mis ojos. Pude intuir en su actitud el que estaba seleccionando las palabras para no herirme.-Él está bien. Estaba muy asustado cuando tu madre le dijo que estaba embarazada. Por aquellos tiempos, nuestra situación económica no era la mejor, y eso debió haberlo motivado a...hacer lo que hizo. Así que ese mismo día, tras volver a casa, recogió sus cosas y se fue a vivir con un amigo en un barrio bajo del conurbano. Dejó los estudios, y se dedicó a trabajar en un taller mecánico. Hubiera intentado detenerlo-dijo-, pero cuando yo llegué, él ya se había ido. No supimos nada de él durante meses. Tu abuela estaba casi tan enojada como tu mamá, y no intentó buscarlo. Finalmente, nos llamó. Para su fortuna, yo estaba sólo en casa, así que le atendí. Me dijo primero dónde estaba, y que no tenía que preocuparme por él. Yo le dije que no fuera cobarde, que volviera y se hiciera cargo de tu mamá y de vos, pero él no quería saber nada. Empezamos a discutir...y me cortó el teléfono. No he hablado con él desde entonces.

Yo escuché cada palabra con suma atención. El ambiente empezó a afectarme. Estaba triste, melancólica. Fue entonces que ya no pude soportarlo más:

-Sé que él no quiere saber nada de mí.-le dije-pero...yo sí de él. Si me puse a buscar en la guía telefónica, número tras número, fue porque quería desesperadamente verlo. Quiero verlo.-insistí.

Mi interlocutor se quedó en silencio, probablemente meditando en lo que iba a decir a continuación. Finalmente, me miró y me dijo:

-No sé...no sé si pueda reunirte con él.-me respondío. Sin embargo, al ver mi cara de decepción, se apresuró a continuar.-Pero tus abuelos sí quieren conocerte. Estaban encantados al enterarse de que te había...bueno, me habías encontrado.-sonrió-Si querés, uno de estos días te puedo llevar con ellos.

Mi rostro se iluminó. Finalmente, iba a conocer a mi familia paterna. Después de tantos años...

-Cuando quiera.-le dije, recuperando mi alegría.

-Bueno...¿Que tal este fin de semana?

-Sí, claro. Por supuesto.

-Está bien. Mañana te llamo para arreglar todo. No te olvides de avisarle a tu mamá.

Me sentí de repente con la soga al cuello. Sin embargo, de inmediato me incorporé y le dije:

-Sí, en cuanto llegue le aviso.

Ese día, al volver a casa, era otra. Estaba de buen humor, y era amable con quienes me encontrara. Después de una vida entera, finalmente me iba a encontrar con ellos. Había fantaseado con esto toda mi niñez, y ahora finalmente se realizaba. Al fin...

XVI

Marcos era el típico chico solitario y sin muchos amigos que, sin embargo, intentaba desesperadamente conseguir la aprobación de los demás por medio de alguna payasada infantil. Me recordaba mucho a mí misma unos cuantos años atrás, pese a lo cual no sentía mayores remordimientos al instigar contra él alguna que otra broma cruel, que más de una vez lo dejaban al borde de las lágrimas. Tiene que saber el lector antes de juzgarme que, para esas alturas, mis habilidades empáticas estaban cuanto menos atrofiadas por la influencia que sobre mí tenían las redes y mi entorno escolar, y eso ocasionaba que me comportara de una forma aún mas odiosa en la vida real que en Internet. Estaba, a la vez, algo resentida con la vida por el acoso que había sufrido durante mi niñez. Resentimiento que, debo reconocer, estúpidamente dirigí no hacia los causantes de mi anterior sufrimiento, de quienes me había rodeado por causa de Raúl, sino hacia aquellos que se encontraban por debajo de mí en la pirámide social. Debí haberme dado cuenta de lo injusto y lamentable de la situación, pero mi orgullo me encegueció hasta llevarme a cometer uno de los peores errores de mi vida.
Fue una tarde de primavera que se me sugirió una de las ideas mas trágicas que se me podrían haber ocurrido. Por uno de los muchachos había llegado hasta nosotros la confirmación del rumor de que, como veníamos sospechando, Marcos era homosexual. Se le había fotografiado besándose en una plaza cercana con otro joven de su clase. Inmediatamente, empezaron a pensar en una forma de sacar tajada de la situación. 
Se le ocurrió a uno de los chicos utilizar Internet para difundir la imagen, no sin antes extorsionarlo para sacar algún beneficio. Todos empezaron de repente a ofrecerme de "voluntaria" para el experimento. Yo me sentí en una encrucijada: pese a mi creciente insensibilidad al dolor ajeno, mantenía aún en pie mi brújula moral. Estaba perfectamente consciente de que hacer tamaña cosa era demasiado, y en otras condiciones probablemente me hubiera negado rotundamente. Sin embargo, no tuve la suficiente integridad para renegar de la propuesta. No quería perder mi posición de privilegio en la escuela, y me aterrorizaba que Raúl me considerar una aburrida y decidiera cambiarme por otra.
Así que, sintiéndome algo culpable, decidí simular conformidad con la idea, y hasta sonreí falsamente ante la alegría de los demás.
Ya en casa de una de las chicas, y en ausencia de su madre, nos propusimos crear una nueva cuenta de Google, para evitarme los obvios inconvenientes de utilizar a la ya conocida Isabella Couture. Hecho esto, decidieron crear una cuenta en una de las redes sociales de Marcos, y buscarlo para cometer el crimen. Tras finalmente encontrarlo, comenzamos a escribirle por mensaje privado. El en un principio confundido Marcos (cosa normal por parte de quien recibe un mensaje anónimo de una cuenta falsa), evolucionó pronto al pánico al constatar nuestras intenciones. Ese fue el preciso momento en que me convertí en una delincuente. Apenada, decidí salir de la escena con la excusa de tomar aire. Raúl me prestó un cigarrillo, y empecé a fumar en lo que ellos lo amenazaban con terribles consecuencias de no ceder a sus exigencias de dinero y drogas.
Me enteré mas adelante que la familia de Marcos era muy, muy religiosa, tanto así que enterarse de semejante cosa iba a ser más que una penosa deshonra. De tal manera que no resulta sorprendente la sumisión del muchacho ante nosotros.
Decidieron no terminar de arruinarle la vida por un tiempo, sólo para poder sacar beneficio de la situación. En privado, tenía un verdadero conflicto moral por lo que estaba pasando. Con el paso de los días, comencé a sentirme culpable, y hasta sucia . Incluso llegué a temer tener problemas legales por lo que estábamos haciendo, pero esa idea siempre desistía en mi mente. Lucía como algo lejano, improbable.
Comenzamos a difundir chismes de otras personas también, esta vez mas por placer que por otra cosa. En una ocasión, fui testigo de las lágrimas de una compañera al entrar al aula. Sus padres se habían enterado de que había quedado embarazada.

XVII

Unos días después de mi primer encuentro con Ángel, nos vimos de nuevo en el mismo lugar. Esta vez, le había dicho a mi madre que iba a salir con unas amigas, y ella inocentemente me creyó.
Al llegar al bar, él me estaba esperando sentado en el mismo lugar de la vez pasada. Nos saludamos con un beso en la mejilla, y nos subimos a su camioneta, dirigiéndonos a casa de mis abuelos. Yo estaba emocionada como nunca, aunque algo preocupada. ¿Sabría cómo encarar la situación? ¿Cómo reaccionaría al verlos, y viceversa?. Finalmente, tras varios minutos de silencioso viaje, él decidió hablar:

-Te noto bastante callada.-me dijo, sin pensarlo dos veces.-¿Estás nerviosa?.

-Algo...-contesté. Hasta me sorprendió la pregunta. A fin de cuentas: ¿Cómo mas podía estar?

-Tranquila.-insistió él.-Ellos llevan mucho, mucho tiempo fantaseando con verte. No creo que vayan a poder estar más emocionados cuando lo hagan. Vos relajate y espera lo mejor. Seguramente te esperan con algún regalo o algo para comer.

Le sonreí. Había tanto de lo que quería hablar con ellos.

Finalmente, llegamos. La suya era una linda casita pintada de amarillo, de dos pisos, con un balcón en el piso superior. En la parte delantera, podía verse un jardín con una palmera que se extendía por encima de las rejas, cubiertas de enredaderas y flores anaranjadas.

Ambos bajamos del auto, y entramos. Empecé entonces a percatarme de la estupidez que había hecho. ¿Encontrarme en secreto con un extraño, y acompañarlo a quien sabe donde sin que nadie en mi entorno estuviera enterado? Vinieron a mi mente ideas algo sombrías. Recordé multitud de casos de tragedias ocurridas por tonterías así. Una vez adentro, Ángel me dijo que me sentara en un cómodo sillón de cuero en lo que les avisaba de mi presencia. Algo asustada, comencé a evaluar posibles vías de escape. La puerta podía abrirse desde dentro, y no había visto que se les pusiera llave. Había una ventana abierta, pero un mueble con varios objetos encima obstruía el acceso a ella.
Al oír a alguien bajar las escaleras, me estremecí. Incluso me arrepentí de no haber salido corriendo segundos atrás.
Todo eso se disipó al ver acercarse a una anciana de contextura rellena y pelo castaño, con una sonrisa en la boca, seguida de un caballero de su misma edad, también sonriente. Yo misma sonreí aliviada, y me levanté para saludarlos.
Minutos mas tarde, estábamos charlando animadamente, poniéndonos al día después de tantos años. Les hablé sobre mi infancia y lo que llevaba de adolescencia, sobre mi relación y mis amistades, omitiendo, naturalmente, los detalles mas escabrosos. Ellos, por su parte, me contaron cómo había sido su vida antes y después de que mi madre se separara de ellos. En efecto, mi abuela había fantaseado con verme durante todos estos años. Sin embargo, después de la última vez que habló con mi mamá, decidió, como Ángel, dejar que reflexionara y rectificase por sí misma. Evidentemente, nunca lo hizo.
Así nos mantuvimos hasta casi la hora de la cena. Cuando finalmente me percaté del tiempo que habíamos pasado charlando, les dije que tenía que irme, y ellos, apenados, asintieron. Ángel me dejó a unas cuadras de mi casa, y se marchó rápidamente. Yo caminé hasta allá, donde mi madre me esperaba algo molesta por la hora a la que había llegado. Tras una cena soportando sus quejas, finalmente decidí ir a acostarme, no sin antes despedirme con mi típica irreverencia.
Otra vez, padecí de insomnio toda la noche. Estaba profundamente excitada por todo lo que había pasado, y no conseguí, pese a mis esfuerzos, pegar un ojo.
Decidí guardar el secreto incluso ante mis amigos. Sin embargo, como era predecible, no iba a poder hacerlo para siempre.

XVIII

Recuerdo aún el día en que terminé de echar a perder mi relación con Sandra. Yo había tenido una lección de Historia para la que no había estudiado nada, pese a lo cual pude defenderme con relativa facilidad. Siendo así, quedé razonablemente frustrada cuando una de mis compañeras de grupo (y antigua amiga), quizá menos avispada que yo, no tuvo tanta suerte y acabó por afectar negativamente nuestra nota en conjunto. Enojada, decidí esperar hasta el recreo para buscarla en el patio, y quejarme amargamente. Ella era una joven de carácter suave y amistoso, que se limitó a pedir disculpas, sin responder a mis ataques personales.
Satisfecha, decidí reunirme con mi grupo de amigos para pasar el rato.
Una vez de vuelta en el aula, fui sorprendida por el repentino ingreso de nuestra preceptora, preguntando por mi. Naturalmente harta de mis semanales visitas a su preceptoría, me limité a mover despectivamente los ojos, y acompañarla. 
Definitivamente no me esperaba encontrarme con nada menos que mi antigua mejor amiga esperándome junto a mi víctima. 
Pronto comprendí lo que había pasado: Sandra, con su característica poca tolerancia al mal genio, se había enterado charlando con ella de lo acontecido, e indignada por las barbaridades que le había dicho a su amiga, la había convencido de hablarlo con las autoridades del colegio.
 La odié. Mi número de sanciones había crecido como la espuma durante los últimos meses, tanto así que ya muchos creían que iba a acabar expulsada en cualquier momento.
Después de unos minutos de negarlo todo, acabé por ceder y pedir disculpas. Pese a ello, recibí una amonestación mas. 
Eso no hubiera sido un problema para mi, de no ser porque, como me explicó la señora, esto me ponía la soga al cuello. Literalmente, ya no podía ni olvidarme la libreta sin que me sacaran de la institución, y de pasar eso a estas alturas del año, me iba a ver condenada a una escuela pública donde seguramente mis compañeros no me iban a tener tanta paciencia.

Esa misma tarde decidí, tras mucho tiempo, escribirle a Sandra para increparle por lo sucedido:

-¿Por qué te metés donde no te llaman?-pregunté, incluso ofendida.

-¿Perdón? ¿Quien te pensás que sos? No tenés derecho a tratar así a otra persona.

-Ella se lo buscó-insistí, sumida en la peor de las necedades.-Me cagó la vida. ¿Que esperabas que hiciera?

-Habla la señorita estudiante ejemplar.-dijo ella, sarcástica.-Como si no estuvieras a punto de repetir el año para quejarte de alguien que se había olvidado de que había examen.

-¿Estás consciente de cómo me jodiste?-la interrogué-Me dejaste a un paso de que me echen del colegio.

-A ver ¿Te das cuenta de que te estás quejando de que te haya delatado por humillar a alguien en público? ¿Que te crees la reina del colegio para hacer eso impunemente?

No supe que responder. Y no por lo brillante de su argumento, sino porque, de hecho, tenía razón.

-Mira...-continuó ella-Yo no quería tener que llegar a esto. Vos me obligaste. Y ni sueñes con que te voy a pedir disculpas por hacer lo que corresponde.

Me encogí de hombros. A decir verdad, no tenía nada que objetar.

-Por lo que si te voy a pedir perdón-continuó, quizá con el sólo fin de hacerme enojar-es por haberte presentado con el pelotudo de Raúl.

Eso si que fue mas de lo que pude soportar. Empezamos entonces a discutir fuertemente por su causa, hasta que ella terminó por despedirse de mi y bloquearme.
Estaba furiosa. Me sentía víctima de una terrible injusticia, y no quería nada más que hacérselo pagar. Decidí comentarlo con Raúl y los demás para pensar en algo. Pasaron los días, y mis maquinaciones de terribles venganzas no me abandonaron.
Casi una semana después, apareció la oportunidad que estaba esperando. Uno de los chicos tenía un amigo al que yo conocía por un par de salidas, pero poco mas. Pues bien: resultó que Sandra había dado poderosos signos de atracción por él. Inmediatamente empecé a preparar algo.
El joven tenía un genio similar al nuestro, y Sandra le resultaba poco mas que una rata de biblioteca, de las que molestaría sin dudar si fuera del sexo contrario. Así que cuando le propuse hacerle la broma de su vida a la pobre chica, no se lo pensó dos veces antes de decir que sí.
Organizamos una fiesta en casa de una amiga, e invitamos a cuantos conocíamos en el colegio, incluyendo, naturalmente, a mi a estas alturas enemiga.
Finalmente, llegó el día, y al verla entrar tan elegantemente vestida, me reí para mis adentros.
El muchacho se sentó junto a ella en una de las mesas, y empezó a hablarle de manera aparentemente casual. En pocos minutos, estaban charlando y riendo. La ilusión en la cara de Sandra era evidente con sólo mirarla, tanto así que hasta dudé de lo que estaba por hacer. Sin embargo, habiendo llegado tan lejos, ya no era tiempo de retroceder.
El muchacho comenzó a ponerse cada vez mas romántico. Ya no le hablaba de sus gustos personales, o de su actividad como deportista. Mas bien, trataban temas como su mala suerte en el amor (con historias mas que probablemente inventadas por él), o los problemas familiares que muchos adolescentes tienen.
Cerca del final de la velada, ambos salieron al patio a escondidas. Nosotros los seguimos muy de cerca, sin que ella lo notara. Cuando se nos perdieron de vista, yo ya me imaginaba lo que estaba pasando.
Esa madrugada, ya de vuelta en nuestras casas, nos reíamos en un chat grupal de la ingenuidad de Sandra, de lo fácil que había caído. En ese momento, mi adormecida empatía volvió a molestarme.  Acabé por acallarla finalmente, y los dejé charlando en lo que se me cerraban los ojos.
No sentí verdadero remordimiento hasta ver a Sandra con los ojos llorosos cuando, días mas tarde, el chico del que se había enamorado negó haberla besado, o siquiera haber hablado con ella, dejándola como una loca ante sus compañeros de clase.
En ese momento, me sentí tan apenada que me limité a sentarme y reflexionar, en lo que el resto de chicos se vanagloriaban. Esta vez, definitivamente había ido demasiado lejos. Sin embargo, otra vez, decidí callar.
Días mas tarde, descubrí de oídas que mi venganza no había sido en vano. Ahora, sus compañeros de clase no querían saber nada de ella, y la ridiculizaban en cuanto tenían oportunidad.
Quizá la única razón por la que toleraba lo que yo no podría, eran sus amigas, fieles a ella en todo momento. Debo reconocer que hasta sentí celos. No quería reconocerlo, pero era obvio que mis nuevas amistades no iban a acompañarme de la misma manera si alguna vez caía en desgracia. Sin embargo, preferí engañarme a mi misma y hacer como que nada pasaba. Un cobarde error, por el que terminaría pagando las consecuencias.

XIX

Esa noche, después de reunirnos en casa de uno de los chicos, Raúl me llevó a la mía, dejándome, como lo habíamos acordado, a unas pocas cuadras. De esta forma, podía llegar sin caminar mucho, y engañar una vez mas a mi madre. 
A llegar, y tras abrir la puerta, fui sorprendida por ella sentada en la cocina, leyendo un libro, y con dos tazas de café sobre la mesa. No esperaba encontrarla en casa, y me sobresalté al verla.

-¿Amalia?-se volteó ella al nota mi presencia-Oh...hola. Necesito que hablemos.

-¿Que pasó?-pregunté, esperándome lo peor

-Quiero hablar sobre tus amigos.-me dijo, como quien está por comenzar un interrogatorio. Yo me sentí como un conejito frente al cañón de una escopeta.-Un pajarito me dijo que me estás mintiendo.

-¿Qué? ¿Quién?

-¿Entonces es verdad?-me interrogó ella, en un tono cínico.

-No-me defendí-, para nada. No los he visto desde que hablamos.

-No me mientas, Amalia, no me gusta que lo hagas. Sé de buena fuente que hace mucho que no te juntás con Sandra y las chicas.-se delató ella. En ese momento, olvidé toda la lástima que habría sentido por Sandra anteriormente, siendo reemplazada por un odio visceral. Era evidente que ella no me iba a dejar en paz ni aunque le suplicara. Pero era señal de que no se había enterado de la mente maestra detrás de lo que le había pasado, y eso me hizo sentir aliviada.

A esto siguió una amarga batalla dialéctica entre mis deseos de libertad y los suyos, de evitarme un mal rato. Yo, sin embargo, lo viví como si ella me estuviera tratando de cortar las alas, de tal manera que no escatimé en palabras hirientes.
En pocos minutos, habíamos pasado de las agresiones verbales a los gritos. La tensión continuó subiendo, hasta que ella, cansada de mi irreverencia, empezó a golpearme en la cabeza con la palma extendida. Yo intenté protegerme, pero cuando comenzó a tirarme del pelo, decidí empujarla para alejarla de mí.
Ella se me quedó viendo, furiosa, y sin decir nada, me atacó con aún mas rabia que antes. Minutos después, yo me encontraba llorando, acurrucada en un rincón, y con ella todavía gritándome.

-¡Pendeja irrespetuosa de mierda! ¿Para esto te crié?-me dijo, sin filtro alguno.

Inmediatamente, me levante, me dirigí a mi cuarto, y cerré la puerta detrás de mí. Ella nunca me había insultado de esa forma, y mucho menos golpeado. Enojada, empecé a evaluar formas de castigarla, hasta finalmente ocurrírseme lo que esperaba terminara en una dramática escena que me favoreciera.
Minutos después de encerrarme, abrí finalmente la puerta. En una mochila, llevaba ropa y algunos objetos de valor, y me había abrigado para salir.
Al verme, mi madre se limitó a reírse.

-¿Te querés ir? ¡Andate! Pero después no volvás porque te voy a dar la paliza de tu vida.-me dijo, sin medir las consecuencias.

Para su sorpresa, eso lejos de escarmentarme me motivó aún mas, y, decidida, salí por la puerta sin despedirme.

Esperaba que ella se enojara todavía mas, pero en lugar de eso, cerró la puerta tras de mí. En otras circunstancias, ya me hubiera estado preocupando, planteándome la expectativa de pasar la noche en la calle. Sin embargo, antes de salir, y calculando las consecuencias de mi acción, había agarrado mi tarjeta de colectivo.
Caminé unas cuantas cuadras hasta la parada del 5A, y me senté a esperarlo, confiada. Para cuando llegó, ya sólo quedaban, como vestigios de mi anterior llanto, unos ojos enrojecidos. Veinte minutos habré estado sentada en un asiento, reflexionando sobre mi vida. A decir verdad, no podía creer cómo había llegado hasta ese punto. Un par de años atrás, era una joven dulce con un pasado escabroso, que sin embargo no rompía una tacita de té. Ahora, era toda una adolescente rebelde, que no dudaba en salir de su casa después de una pelea particularmente violenta. Sin embargo, no tuve la humildad suficiente para replantearme las cosas. En mi mente, era mi madre quien quería esclavizarme y controlar mi vida, y eso no lo iba a tolerar.

Finalmente, llegué a mi destino. Caminé unas cuantas cuadras, hasta encontrar una pequeña casita blanca. Toqué el timbre, y me abrió mi novio, sorprendido de verme.
Tras contarle, entre lágrimas, lo sucedido, él pareció no tomarse en serio lo que yo veía como una gran tragedia, pese a lo cual decidió recibirme en su casa hasta que todo se arreglara.
Conmovida por su amor, decidí hacerle un regalo esa noche.
Nos quedamos bebiendo y fumando durante unas horas más, antes de que empezáramos a sentir sueño. Con un plan en mente, decidí ir a acostarme antes que ellos, y ya encerrada en la habitación, me desvestí con cuidado, y me recosté en la cama que Raúl me había cedido. No tuve que esperar mucho antes de que él entrara detrás de mí, sorpendiéndose visiblemente al verme en su cama, semidesnuda y con una seductora sonrisa en el rostro.


XX


A la mañana siguiente, ambos llegamos tarde a clases. Estábamos muy cansados, tanto así que me pasé casi la totalidad de la primera hora dormitando. Llegado el primer recreo, decidí por casualidad revisar mi celular. Como lo esperaba, me encontré con varios intentos de llamada de mi madre, que decidí no responder en una primera instancia. Sin embargo, finalmente lo hice. Y no porque me preocupara ella, sino por miedo a que llamara a la policía o algo así.
Tras informarle vía mensaje de texto de que estaba bien, pero aún molesta por lo de anoche, decidí ir a charlar con los chicos.
Esa tarde, me conecté a través de la computadora de Raúl a mi cuenta de Google, e ingresé al foro para ver cómo iba todo. Me vi sorprendida al notar cómo no aparecía en mi lista de mensajes el chat de grupo de los administradores del mismo. En su lugar, había un mensaje de voz de Ana, enviado minutos atrás, que reproduje de inmediato.

-Decidimos suspenderte hasta que se descarte lo de las amenazas.-dijo, como si yo supiera de lo que estaba hablando-Esto es grave, y no podemos tener a alguien con semejantes antecedentes en nuestro chat administrativo. Perdóname amiga, pero no quiero que tengamos problemas por tu culpa.

Tan rápido como terminó de reproducirse la grabación, decidí escribirle de vuelta:

-¿Qué? ¿De qué estás hablando, Ana?-pregunté, temiéndome lo peor.

Ella leyó los mensajes, pero no respondió de inmediato. Después de dos minutos, sin respuesta, empecé a desesperarme:

-¿Ana? ¿Estás ahí?

Apenas envié esos mensajes, recibí dos capturas de pantalla de una publicación en un foro que reconocí de inmediato: era el que mis enemigos habían montado en mi contra casi dos años atrás. Las capturas mostraban una publicación con un par de respuestas:

-¿Oigan, se enteraron de la cuenta secundaria de Isabella Couture? Parece que estuvo extorsionando gente.

-¿Cómo te enteraste?-preguntó otro usuario.

-Alguien le hackeó la computadora, y dio con la data.


 En ese momento, un cúmulo de emociones bailaron en mi mente. Sorpresa, susto y, finalmente, miedo. Logré, pese a todo, mantener la compostura. Sin embargo, la tercera captura me sobrepasó:

-Ahora le van a avisar a las víctimas, supongo. La extorsión es un delito grave.

-Obvio. La vamos a quemar como se lo merece.

-Ja, ja, ja, está frita. #IsabellaVaALaCárcel.

Ahora sí estaba llena de terror. Había metido pero muy feo la pata, y la posibilidad de pasar incluso años en una correccional. o incluso en una cárcel, me hizo entrar en pánico. Tenía amigos que habían estado en una por algunos meses, y todos ellos narraban historias similares sobre derechos de piso y palizas a los menos afortunados.

De inmediato le avisé a Raúl de la situación, y él se hizo el valiente, consolándome, diciendo que nada iba a pasarme, y que me tranquilizara.

Sin embargo, tras dos días de amenazas de muerte y burlas continuas por mensaje, al parecer empezó a sentirse intimidado. Todo indicaba que la gente de nuestro propio foro se había vuelto en mi contra después de enterarse de lo que había hecho, y estaban descargando ahora toda el odio que me había ganado entre ellos.

Días mas tarde, mi madre me llamó para avisarme de que habían aparecido pintadas en la puerta de la casa, tratando a una tal Isabella de zorra. Simulé que no sabía de lo que estaba hablando, e hice lo mismo cuando mis familiares paternos comenzaron, de una manera que hasta el día no me explico, a recibir amenazas en sus correos electrónicos.

No pude simular más cuando me pusieron, con número de teléfono incluido, en una lista de prostitutas. Decidí contarle todo lo sucedido a un primo con el que había ganado confianza, al que hice prometer que iba a guardar silencio hasta que todo pasara.

XXI

Una noche, le escribí a Ana otra vez, renunciando a toda dignidad al suplicarle que por favor los frenara, diciéndole que ya no aguantaba más la situación. Confiaba en que su influencia en la página, sumada a su carácter diplomático, iban a sacarme del aprieto.

-Ya no puedo hacer nada.-me contestó, dejándome helada.- Es demasiada gente, y si salgo en tu defensa, lo único que voy a conseguir es caer junto contigo. Perdón, amiga. Pero ya es hora de que te hagas cargo de tus errores.

Es tarde, tras reunirme con los chicos y contarles la situación sin un ápice de consideración de su parte, había decidido volver a mi nueva casa antes que Raúl, para poder estar sola y pensar en que hacer.
Una vez entré, vi uno de los celulares de Raúl en una mesa, y, viendo la oportunidad de confirmar los rumores sobre él, no tuve mejor idea que revisarlo.

Sentí que algo se quebró dentro de mi al ver en su lista de mensajes una amiga mía que le compartía mensajes en cadena, hablándole con palabras dulces a las que el respondía de la misma empalagosa manera.

Ese mismo día volví a casa sin decir nada, y me encerré en mi cuarto con llave, sin avisarle a mi madre de mi presencia.

Supe poco después que Ana había cometido el error de postear nuestras conversaciones en el chat grupal, ya que vi en el foro una publicación de quien había planteado expulsarme la última vez, mofándose de mi situación:

-Corazón...tu te mereces lo que te está pasando.-comentó, despiadadamente-Desde las pintadas, hasta las amenazas. Eres una delincuente, rata de dos patas, que no tuvo asco en hacerle pasar quizá por el peor momento de su vida a alguien por un par de cigarros de marihuana. Tú te la buscaste, y ahora te toca pagar. Buena suerte en el juicio.

En ese momento, me largué a llorar. No era justo. Realmente, no lo era.
Fue pensando en la injusticia que estaba sufriendo, que empecé a pensar en las que yo misma había cometido. Jorge, Marcos...aquella señorita a la que había delatado en su embarazo. ¿Se habrían sentido ellos tan frustrados y atrapados como yo?. Es entonces cuando pensé en Sandra. Oh, Sandra. ¿Cómo pude hacerte eso? Vos sólo querías ayudarme, evitarme dolor. Pero no supe entenderte, y ahora pago las consecuencias. Mi sensación de culpabilidad volvió magnificada. Me sentí realmente sucia, culpable por mi crueldad, soberbia y cobardía.
Fue entonces que se me ocurrió una idea. Iba a llamarla por teléfono, a pedirle perdón por haber sido tan tonta, y a arreglar las cosas..
No me atreví. Simplemente, no podía tener tan poca verguenza de presentarme como su amiga después de lo que le había hecho, y si se lo confesaba, seguramente no iba a querer hablarme de nuevo.

Hace unas horas, me desperté con un mensaje de texto de mi madre, al parecer aún no enterada de mi presencia en la casa. Estaba furiosa, preguntándome que había hecho. Yo había recibido una denuncia por extorsión y difamación, y tenía una cita con el juez en unos días. Descubrí además que estaba enterada de mi reciente reunión con mi otra familia, que, preocupada por mi, había decidido llamarla sólo para enterarse de mi engaño.

No me molesté en responderle. Era evidente que ahora, incluso si lograba evadir la correccional, mis compañeros de clase estaban enterados de mis fechorías, y no iban a dudar en hacérmela pagar. Estaba atrapada. Y fue entonces cuando se me ocurrió una forma de escapar de mis problemas.

Me levanté, encendí la lámpara de mi habitación, y empecé a redactar este, mi testamento final. Como dije, si voy a morir, no será como un perro. Por el contrario, lo voy a hacer siendo noticia. Así, nunca van a olvidarme.

Creo que no puedo terminar este texto sin pedir perdón a quienes puedan verse dolidos por mi partida, así como a todos a quienes dañé en vida. Quiero disculparme especialmente con mi madre, a quien no di oportunidad de despedirse de mí. Sé que querías lo mejor para mí y aunque nunca nos entendimos, tenes que saber que te amo, y te suplico que no te dejes caer. Adiós. Y gracias por todo.



















1 comentario:

  1. Me quedé en LO mejor Gato. Espero que continuar. Está bueno che!!!!!!

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