miércoles, 1 de agosto de 2018

En contra del aborto: Porqué el embrión está protegido aún si (hipotéticamente) carece de humanidad.

"Cogito, ergo sum". Sin duda alguna, una de las frases mas famosas de la Filosofía.
Acuñada por el filósofo francés René Descartes, normalmente se traduce como "pienso, luego existo", y es gracias a esto que puede llegar a dar la impresión de que se trata de un consejo para la vida, al mejor estilo paulocoheliano. Pero no. Nada mas lejos de la realidad.
En efecto, el padre del racionalismo encierra en esta simple frase una gran verdad: Que solo podemos asegurar sin temor a equivocarnos, nuestra propia existencia. Traduzcamos la frase de una forma quizá mas acertada: "pienso, por lo tanto, existo".
Empiezo esta explicación con una simple pregunta: ¿Como puede usted asegurar, querido lector, que sus sentidos no lo engañan? ¿Como sabe que no es usted víctima de un genio maligno, de un sueño acaso, que le impide percibir las cosas tal cual son? Puede parecer una pregunta estúpida, propia de un niño, pero si lo analizamos a profundidad, no lo es. Nuestros sueños son un buen ejemplo de la realidad imaginaria postulada como posible por Descartes ¿Cuanto tiempo de nuestra vida pasamos sin saber que padecemos una ilusión?
Pero subamos la apuesta: ¿Como sabe que usted mismo es real? ¿Como sabe que no es usted mismo una parte de la ilusión? La respuesta está en la pregunta. Después de todo ¿Como puede usted estar siendo engañado, si no existe? ¿Y como sabe que puede estar siendo engañado? Pues, precisamente, por el hecho de que lo esté pensando.

Durante mucho tiempo, este fue para mi el fin de mis aspiraciones por hallar la verdad. Después de todo, no podía estar seguro ni de la existencia de mis bolsillos. Pero llegó un buen día en que me di cuenta de que, al final, todo lo que podemos conocer, fuera de nuestra propia existencia, es una inferencia. Y de ahí, surge el siguiente razonamiento: Está bien. No puedo estar seguro de que hay algo fuera de mi mismo, pero si puedo, y debo, según parece, basarme en esas apariencias, en lo que me parece que es. ¿Por qué? Pues porque no tengo alternativa. Es la única forma de actuar, por lo que veo, en la ilusión o la realidad que me rodea. Si tuviera que dudar permanentemente de todo lo que no sea yo mismo, sencillamente no podría tener una vida llevadera. Así que lo conveniente es hacer un ejercicio de suspensión de la incredulidad, al mejor estilo de la fe, aceptando como válido lo que la memoria y la percepción indican.
Ahora: Esto tiene una serie de implicaciones. Para empezar, nunca se debe pretender estar cien por ciento seguro de cualquier cosa que no sea...nuestra propia existencia, y las verdades lógicas irrefutables.


Para proseguir con este hilo de razonamientos, voy a plagiar un concepto de otro filósofo, bueno, filósofa: Ayn Rand. Alissa Zinovievna nació en Rusia, el 2 de Febrero de 1905. A los 21 años, y tras graduarse en Filosofía e Historia, abandonó la naciente Unión Soviética para trasladarse a Estados Unidos.
Sería allí donde, alternando con su carrera cinematográfica, Ayn Rand desarrolló la filosofía del objetivismo. La premisa básica del objetivismo es que el fin último de la vida es la felicidad personal, rechazando por extensión el altruismo y el socialismo. La idea era que los procesos biológicos tienen un fin, que es el mantenimiento de la vida, y que siendo la satisfacción y gratificación una señal de que hacíamos las cosas bien, es hacia eso a donde debemos movernos. Ahora: el egoísmo postulado por Alissa no era un egoísmo a lo Gengis Khan, o el de un bandido que no teme robar y matar para satisfacerse, sino un egoísmo de tipo racional, un egoísmo en que el hombre se cuidaba de sus semejantes, en base a la consideración de las consecuencias de sus actos. Rand postulaba, y no sin razón, que la inteligencia es el principal medio de conocimiento del ser mas indefenso de la naturaleza: el hombre. El hombre no tiene un instinto de supervivencia como el de los animales, dependiendo por entero de esta.

Sólo un ente vivo puede tener metas o generarlas. Sólo un organismo vivo posee la capacidad de realizar acciones autogeneradas y dirigidas hacia metas. A nivel físico, las funciones de todos los organismos vivos, desde el más simple hasta el más complejo, desde la función nutritiva en la célula única que constituye la ameba hasta la circulación sanguínea en el cuerpo humano, son acciones originadas por el propio organismo y dirigidas hacia una meta singular: el mantenimiento de la vida[...]Metafísicamente, la vida es el único fenómeno que es un fin en sí mismo: un valor ganado y conservado a través de un constante proceso de acción. Ayn Rand-La Virtud del Egoísmo.

Debo reconocer que cuando Ayn Rand apareció en mi vida, todo mi edificio teórico pareció desmoronarse. No porque yo fuera un altruista, filosofía que rechazaba ya para esas alturas, sino porque me apareció una contradicción: ¿Como puedo buscar mi felicidad apoyando necesariamente un modelo de economía y sociedad-el libre mercado y el liberalismo cultural-que considero ineficiente en su forma pura?
Es así como empecé a revisar las premisas del objetivismo, tratando de solventar este problema. Y no me tomó mucho tiempo dar con el que considero el mayor error de Rand: su pensamiento escatológico.
Y es que en realidad, no existe el fin último del que habla Alissa. Los procesos biológicos no van hacia una meta ¿Por qué? Porque sólo una conciencia puede tener un fin, un objetivo. Afirmar que un ser sin conciencia tiene metas, es como decir que el asteroide que mató a los dinosaurios hace 65 millones de años tenía por fin matarlos. Y es que, a fin de cuentas ¿Que es la vida sino materia inerte con un tipo de acción particular? ¿Vamos a conceder a la materia inconsciente lo que no concedemos a su estado inerte?

No obstante, sigue habiendo algo que destacar de Rand: su énfasis en la razón. Y es que efectivamente, esta es nuestro único medio para definir eficiente fines secundarios. Los humanos no tenemos, como acertadamente razonó, un instinto de supervivencia como el de los otros animales. Siendo así, sea cual sea el fin último que definamos, hemos de guiarnos por la razón si pretendemos éxito en su concreción.

Ahora: ¿Cuáles han de ser nuestros fines? Pues...eso depende de cada uno. No obstante, esto no significa que no haya más que decir sobre la moral. Y es que, en si, tenemos una serie de fines que nos son comunes. La suma de todos ellos se puede llamar felicidad.
Pero ¿Que definimos como felicidad en este contexto? Pues, se puede resumir en el máximo bienestar posible, el estado de placer ininterrumpido. Algo que, para nuestra desgracia, es imposible, un ideal que, sin embargo, y muy a la manera de la utopía, nos ayuda a avanzar progresivamente hacia niveles superiores de bienestar.

Es de este fin común que se deduce la necesidad de una moral, por la sencilla razón de que los inmorales rara vez acaban bien. Es curioso que ninguno de los grandes capos del narcotráfico, o que muy pocos mafiosos, hayan terminado lo que se dice bien.

Está claro, a falta de un criterio universal de lo que es bueno y malo, que no existe una moral objetiva. Sin embargo, sí que podemos diferenciar entre las cualidades de cada una, y cual es la que mas nos conviene de acuerdo al criterio anteriormente establecido. Esta es la occidental ¿Por qué? Porque esta es la única que le confiere al hombre el balance justo de libertad y coacción, como se demostrará en este libro.

Hay aquí que hacer un paréntesis: Si, uno puede crear su propia moralidad. Sin embargo, en el caso de elegir hacerlo, es necesario deducir los principios internos de la misma, y ser coherente con ellos, incluso donde parezca no ser conveniente. La razón de esto se puede definir en una palabra: disciplina. El alma necesita disciplinarse. Es esta la mejor manera de no caer en el nihilismo moral, y, a la larga, en lo que comúnmente se denomina inmoralidad.

Si ha prestado atención, habrá notado que hice uso de una expresión de los mas particular: principios internos ¿Principios internos? ¿No es acaso la moral una caprichosa colección de ideas sobre lo que es bueno y malo? Pues, no del todo. Es cierto que el hombre da vida a estos principios, pero estos son, de muchas maneras, preexistentes. Y es que sí: La moral colectiva condiciona la individual, hasta el punto en que el hombre común se ve sometido por esta. La suma de justificaciones y valoraciones que hacemos, son la base para otras justificaciones y valoraciones. Por ejemplo: ¿Es malo matar a un inocente? Si es así, por extensión ejecutar a quien no ha cometido ningún crimen es un delito contra la moral.

A decir verdad, ni yo conozco la totalidad de los principios existentes en la moral occidental. Sólo he sido capaz de deducir algunos de los mas obvios, con lo que aquí no está todo dicho. Pero, como manifesté, si he podido darme cuenta de que esta ofrece el nivel justo de libertad y sometimiento a la voluntad común. 

Existen dos principios de la moral occidental que podemos aplicar al caso del aborto: Uno de ellos, el que evitar un bien, es un mal. El otro, que la vida tiene un valor positivo, es decir, es un bien. El primero es evidente por si mismo. El segundo, no tanto. Sin embargo, en resumen, la vida adquiere valor por sus experiencias positivas, y solo un nivel de sufrimiento muy elevado puede quitárselo. Esto no significa para nada que deban generarse vidas sin medir las consecuencias. Por el contrario, se debe buscar la sostenibilidad, ya que el hacerlo así, generaría un mal moral superior.



La primera proposición de la oración anterior se puede evidenciar en el hecho de que, cuando esta se ha perdido o está por perderse, la vida empieza a valorarse como algo que es lamentable perder, aparte de en el consenso común. La segunda, se puede notar en que la mayoría de la gente, libre de condicionamientos religiosos, puede llegar a ver con buenos ojos el terminar con una vida dolorosa.


Ahora: ¿Significa esto último que se justifica la legalización de la eliminación de un feto o embrión, si su vida va a ser dolorosa? No. Para nada. 

Partiendo de la premisa de que el individuo tiene la obligación moral de buscar el bien, al ser malo impedir uno, se concluye que la sociedad tiene, por extensión, la obligación de buscar la felicidad de sus miembros, y, por extensión, no puede permitirse el aborto en los casos ya mencionados en la medida en que esta tenga la posibilidad de lograr tal propósito. Y si este se lograra, luego deberíamos deshacernos del aborto como institución cultural, lo cual sería imposible por las implicaciones culturales de una legalización.


Pero ¿Podemos realmente concretar ese fin? Si. La humanidad está entrando en una fase nueva, llamada transhumanidad. En ella, los seres humanos seremos capaces de perfeccionarnos tecnológicamente, hasta el punto de volver llevaderas vidas que antes no podrían haberlo sido.

Siendo así, legalizar el aborto sería garantizar la comisión de ese u otros actos inmorales similares para siempre.
Eso por un lado. Por el otro, legalizar el aborto en unos pocos casos ampliaría probablemente. la ventana de Overton (O ventana de opinión) hasta volverlo aceptable en otros.



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