lunes, 5 de marzo de 2018

1640: El año en que España casi desapareció.

Si 1492 es el momento cúlmen de la historia española, 1640 es sin duda su contraparte.
Al comenzar la Guerra de los Treinta Años, España era la mayor potencia política, diplomática, militar y cultural del mundo. 
Al terminar dicho conflicto con la Paz de Westfalia en 1648, para nadie era un secreto que Francia la había reemplazado. 
España seguía siendo una formidable potencia, poseía un imperio universal y culturalmente se encontraba en el cénit de sus letras y su arte, pero su mejor momento había pasado. Luis XIII había logrado situar a Francia como potencia primera en Europa, y tras la Paz de lo Pirineos, la propia España reconoció la pérdida de su cetro mundial ¿Que había pasado? Tras el siglo  XVI de Carlos I y Felipe II los reinados de Felipe III dirigido por el notablemente corrupto Duque de Lerma y de su hijo Felipe IV en el siglo siguiente, habían resultado decepcionantes. El declive se había hecho mas pronunciado a partir de la década de los 30, pero pocos lo habían percibido. Uno de ellos sin embargo fue el conde-duque de Olivares.
Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, percibió esa decadencia y se aprestó a contrarestarla.
En 1626 desarrolló una idea que condensó en la Unión de Armas, con la que pretendió que todos los reinos peninsulares contribuyeran al mantenimiento de la monarquía hispánica en función de su población y riqueza.
Olivares se dio cuenta de que a pesar de que su cantidad de recursos era menor, Francia se estaba convirtiendo en una potencia temible, y dispuso entonces que consciente de que su eficacia se debía a su cohesión nacional, se copiara a los vecinos del Norte.
La idea de que todos  contribuyesen de forma razonable podrá sonar justa y razonable, pero suscitó las previsibles resistencias. Cuando las tropas españolas con motivo del conflicto que se mantenía con Francia desde 1635 en el marco de la Guerra de los Treinta Años tuvieron que alojarse en Cataluña, se produjeron graves incidentes. En Aragón pretendían perpetuar sus privilegios resistiéndose  a unificar sus instituciones con las de Castilla, y eso había dado lugar  a una desafección con la que Olivares no contaba. En consecuencia estalló una revuelta en Cataluña el 7 de Junio de 1640,  el Corpus de Sangre, en que fue asesinado el virrey, conde de Santa Coloma, al grito de "¡Viva la fe de Cristo!" y al también habitual "¡Muera el mal gobierno!", frecuentemente prolongado por el "¡Viva el Rey!"
Murieron asesinados  entre 15 y 20 funcionarios reales.
Cataluña se puso en mano de Luis XIII, el rey Francés, que puso jugar sus cartas con gran astucia.
En lo sucesivo, Cataluña se convertiría en el campo de batalla de la Guerra Franco-Española, justo lo que había querido evitar. Además el rey francés envió a sus gobernadores quienes sometieron a los catalanes a una adminsitración  que les hizo añorar a Felipe IV.
Entre tanto, la monarquía española solicitó de Portugal apoyo para sofocar la revuelta catalana y la guerra contra Francia, en forma de impuestos y de apoyo a la nobleza.
Conscientes de la debilidad de Felipe IV, los portugueses aprovecharon para promover su propia independencia con el inevitable apoyo francés, proclamando al duque de Braganza, rey con el nombre de Juan IV, quien con la excepción de Ceuta, logró que los antiguos territorios portugueses le secundaran en su propósito de separarse  de la monarquía hispánica. 
Para terminar de complicar las cosas, tanto el duque de Aragón como el de Andalucía trataron de crear reinos separados del de Felipe IV, en convivencia con Francia.
Movimientos semejantes se produjeron en Navarra y en Nápoles, y también en Sicilia.
El que todo esto resultara en la única pérdida de Portugal, resultó casi milagroso en el desdichado año de 1640.

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