martes, 7 de noviembre de 2017

Algunas reflexiones sobre la dictadura del 76.

La Argentina tiene un serio trauma nacional con las dictaduras. No es para menos: Seis (O siete; si consideramos al gobierno peronista una dictadura) han determinado su curso en el último siglo. Pero en particular; hay una que, parte por propaganda parte por realidad; resultó profundamente desdeñada por la posteridad.
Hablo de la dictadura militar iniciada en el año 1976; con el golpe de Estado contra el gobierno de Isabel Perón. Dictadura que, además de legarnos monstruosas deudas, las consecuencias del neoliberalismo y la herida abierta de una guerra con fines políticos contra nada menos que el Reino Unido; dejó impresa en el alma de los argentinos el grito de; “¡Nunca más!”. Y es que se discute la cifra; pero se sabe que entre 9.000 y 30.000 personas (Me inclino por la primera cifra por falta de evidencia a favor de la segunda) desaparecieron por razones políticas durante el gobierno de los generales Videla, Massera y Agosti. Esta historia, junto a la del robo de bebés y las torturas a disidentes políticos es de sobra conocida en nuestro país. La parte menos conocida de la misma; es la de lo que pasó antes de que este lamentable episodio iniciara.
Nos trasladamos a los años sesenta; a la dictadura del general Onganía derivada de otro golpe de Estado; esta vez contra el radical Arturo Illia. El régimen está tambaleándose; y una de las fuentes de esa decadencia son las guerrillas peronista (Los famosos Montoneros) y marxista-leninista del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Tras la caída del dictador; estos grupos siguieron sin embargo operativos. En particular el ERP llegó a controlar la mayor parte del Tucumán; tanto ideológica como militarmente (Hubo quien lo llamo; “el Vietnam argentino””.
Se comenzó un período de terrorismo sistemático por parte de estos movimientos. Llegó un punto en que explotaban hasta dos bombas por día en el país; y los esfuerzos del gobierno para paliar la situación se demostraban inútiles una y otra vez. Es mas: Los partidos políticos se negaban a realizar campaña; al no querer nadie hacerse cargo de semejante país. Es aquí donde Isabel solicita al Ejército intervenir; sin esperar se derrocada por este meses más tarde.
El gobierno de la dictadura posterior resultó efectivo en materia de combate del terrorismo; aunque como contrapartida tuvo la falta de reformismo que caracteriza a todos los regímenes autoritarios; y un en ocasiones absurdo esfuerzo por castrar a la intelectualidad nacional de sus aspectos revolucionarios (Palabras como; “cubismo” estaban prohibidas en los libros”). Tras finalmente tambalearse el régimen por su propia corrupción, ineficacia económica y represión; se produjo lo que todos conocemos: El juicio y con frecuencia justo castigo a los responsables de los crímenes del régimen.
No soy yo, sin embargo; el primero al que parte de este último proceso le choca. Empecemos por lo básico: ¿Porque una parte del conflicto es juzgada y la otra recibe indeminizaciones por millones de dólares? No estábamos hablando, como se demostró; de pobres jóvenes idealistas; sino de grupos guerrilleros y de sus cómplices; como muy orgullosamente han reconocido varios de ellos. Más aún: Resulta escandaloso que, bajo el amparo de la nueva izquierda; muchos de ellos como el famoso Jorge Taiana ocupen o hayan ocupado hasta hace poco cargos de relevancia a nivel nacional. Y es que he ahí la respuesta: El gobierno acabó eventualmente conformado por ellos.
En segundo lugar: ¿Cuál es la legitimación de juzgar con legislación civil una acción militar? El mismísimo Perón había reconocido la situación como una guerra civil. La guerra a la subversión ya estaba declarada; y si bien no estoy en contra de que los altos mandos estén en la cárcel (Por todo lo que se robó durante su régimen y por la maldad de buena parte del mismo; básicamente); si es escabroso que lo estén por esos cargos y en estas circunstancias. Mas aún: Muchos de los delitos de la dictadura ni siquiera lo eran al momento de su comisión; aunque si condenables moralmente.

Hay que decir que esto no constituye en modo alguno una defensa de aquél régimen cuasi-fascista. Quien me ha leído por un tiempo conoce bien mi opinión con respecto a ese tipo de regímenes y a toda represión ideológica en general. Pero los hechos son los hechos. Y a ellos hay que atenerse.

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